Posteado por: dondetinta | Julio 21, 2009

La tiza

Tengo que encontrar la tiza negra, no puedo permitir que se borre la silueta. ¿Por qué tengo que enfrentarme a esta lucha cada que empiezo a sentirme tranquila? ¿A caso es el precio que debo pagar por un poco de paz, por un poco de sueño relajado… por un poco de felicidad?

Aún recuerdo cuando encontré mi primera tiza. Estaba al lado de mi padre y  jugábamos en el parque. A mi me gustaba correr entre los árboles, moviéndome con pasos laterales, como si bailara un vals con todos aquellos robles, chambelanes de lujo para una niña con ilusiones de mujer.

Entre paso y paso, mientras transformaba el silbido del viento en dulce música, encontré la primera tiza. Estaba ahí tirada, entre las hojas secas que habían logrado mantenerse en una esquina de la vieja banca de metal oxidado. La punta era muy fina y se distinguía perfectamente entre la piel vegetal marchita por el otoño.

El sol aún se colaba entre las copas de los bailarines, ahora inmóviles, y fue entonces cuando descubrí ese pequeño muro, enterrado entre los matorrales. Tenía una superficie entre verdosa y grisácea; era áspera en una de sus caras y un poco porosa en la parte plana, sin embargo era perfecta para plasmar lo que yo quisiera: mis sueños, mis emociones, tal vez un corazón con el nombre de aquel niño lleno de pecas, ese que me hacía sonrojar cuando entraba a comprar estampas de luchadores en la tienda de mi madre. Todo eso lo podría dibujar ahí.

Pasaron los días y de pronto mi padre se fue. No me dijo adiós, no me mandó ese cálido beso que solía arrojarme desde la puerta, antes de prometerme volver a la hora de la comida. Nunca entendí qué fue lo que pasó, ¿será que no me porté bien y ese fue mi castigo? ¿Robarme los dulces de la tienda y esconderle la ropa a mis hermanas fue motivo suficiente para recibir una reprimenda de esa magnitud? Después de tantos años, todavía no encuentro la respuesta.

El primer dibujo que hice fue la silueta de mi padre. Se veía alto y gallardo. Estaba de espaladas, tal y como lo recordaba en aquel último día en el parque, cuando giraba entre los árboles y él trataba de seguirme. Aquella imagen a contraluz quedó marcada en mi memoria y así lo plasmé en mi muro.

Qué fácil era encontrar tizas. Antes bastaba con agacharme cerca de la vieja banca oxidada para recoger los trozos de carbón y piedra, pero ahora ya no encuentro ninguno. Llevo toda la noche rascando la tierra con mis uñas, removiendo las hojas con los pies y remojando la banca con mis lágrimas.

La primera vez que me dibujé llorando fue cuando el tumor de la tristeza fue creciendo en mis entrañas. Tenía pocos años de no ver a mi padre y fue cuando sucedió. Sólo recuerdo una luz intensa en el techo que poco a poco se fue desvaneciendo. De pronto todo se oscureció, la boca se me hinchó y lo último que escuché fue “ahora empecemos a operar”.

Ese dibujo de mis lágrimas junto a la silueta de mi padre jamás se borró, de hecho, parecería que con el paso del tiempo las figuras se tatuaron en el muro.  Después de eso  pasó mucho tiempo antes de que volviera a pintar figuras completas. Hubo infinidad de bosquejos que por falta de tiempo nunca terminé o que simplemente desaparecieron ante el embate sin tregua de las lluvias del olvido.

Falta poco para el amanecer y sigo sin encontrar la tiza. Ya busqué en todos los rincones cercanos y no hay nada, ¿qué voy a hacer si ya se terminaron? ¿Será posible que no pueda volver a pintar? Todos mis recuerdos están aquí y dejar de trazar los nuevos detalles sería como dejar una obra inconclusa.

Tal vez estoy un poco nerviosa y sólo necesito concentrarme para encontrar ese pincel que tanta falta me hace. Hay tantas cosas que debo delinear en el muro y falta tan poco para el amanecer, que no sé si tendré el tiempo suficiente. El frío comienza calarme en los pies, pareciera como si estuviera descalza.

Tendría como veinte años cuando se me ocurrió dibujar a otro hombre. En ese entonces era como si mi sueño se hubiese transformado en carne y sus besos aderezaran la ilusión que tuve desde niña. No cabe duda, fueron momentos tan felices, que bien valía la pena plasmarlos, sobre todo porque el fruto de ese cariño fue como un baño de aceite de olivo para el muro, fue como si desde entonces las líneas marcadas tomaran un relieve que jamás se perdería.

Sin embargo el viento y el polvo terminan por resquebrajarlo todo. Yo pensaba que el muro era capaz de resistirlo todo, las inclemencias de la vida y mucho más, pero un buen día se partió. No lo podía creer, ver mis pinturas separadas me dolió tanto, que pensé estar enloqueciendo.

Con el Jesús en los labios invoqué al cielo pidiendo una respuesta y no sé si fue la forma de pedir o a quién se lo pedí, pero logré mantener la cordura. Decidí que la parte pequeña del muro, que era la que tenía mis dibujos más preciados, donde estaban mi padre y mis hijos, se quedaría intacta a partir de ese momento; únicamente rayaría en la parte más amplia.

Oigo voces que no logro entender, pareciera que algo distorsiona todos los sonidos, pero no puedo detenerme, el tiempo apremia. Ya busqué en cada uno de los rincones y no hay nada. Removí las pesadas piedras cercanas a la banca, me fijé en los troncos caídos, pero no aparece ninguna. No puedo permitir que la silueta se disuelva con el viento, es la más importante de todas.

Recién nos habíamos acostado después de un largo día, todavía repasaba en mi mente los trazos que haría en pocos días. Este dibujo tendría que ser especial, incluso más que el de mi padre, por eso no podía omitir detalles. Fue entonces cuando un grito despertó a todos los demás y de inmediato comenzó el movimiento en la casa.

No estábamos asustados, por el contrario, era un grito que todos habíamos esperado por meses y finalmente estaba aquí. El alarido representaba la alegría de la vida y el dolor que cuesta ser felices, era como un cuadro de Frida recién pintado y el grito le daba bocanadas frescas para secarlo.

Convertirme en abuela fue uno de los momentos más importantes. Cuando nacieron mis hijos, el mundo cambió, pude entender muchas cosas y también nació en mi el coraje que nunca antes tuve para defender lo que quería, para defender mi muro y tratar de darle la mayor cantidad de momentos posibles, para llenarlo de metas realizadas.

El sol ha comenzado a asomarse, el tiempo se ha terminado y si no logró rellenar mi nueva silueta, todo se habrá terminado. Ya no me queda aliento para seguir corriendo, para seguir buscando. Estoy cansada, mis manos no me responden. Me siento a contemplar el muro y no puedo sino sentirme satisfecha.

Ahí están los momentos más importantes de mi vida. Están los días con mi padre, las travesuras con la negra, mi hermana. Están mis hijos, sin duda las satisfacciones más grandes de mi vida; también está mi gran amor, ese que tardó casi toda la vida para llegar, pero que finalmente arribó.

Creo que nunca antes me detuve a admirar mi obra maestra. Para muchos pueden ser trazos insignificantes, figuras sin sentido, pero para mi son lo más grande que me pudo pasar. Al final está esa pequeña silueta, es mi nieta entrelazando sus deditos, tal y como lo hacíamos para jugar, para sonreír, para ser felices. “Witzy, Witzy araña tejió su telaraña, vino la lluvia y se la llevó. Luego salió el sol, se secó la lluvía y Witzy, Witzy araña otra vez subió”.

El sol está aquí. Pensé que podría dibujarme a mi misma levantándome de esta cama que me ha abrazado con furia y que se niega a soltarme. El sol está aquí, la figura está incompleta y creo que jamás la terminaré.

Un último suspiro, necesito jalar aire una vez más, llenarme de vida para dar el paso final. Antes me angustiaba la idea de dejar inconclusa mi obra, pero ahora que la admiro, no hay nada más que agregarle, están todos los elementos, es el trabajo de un experto, de alguien que se entregó al máximo para culminar ese muro que soy yo… que es mi alma. El sol ya está aquí.

Iván Carrillo

Posteado por: dondetinta | Julio 11, 2009

¿Cuántas formas existen de encontrarse con el pasado?

La consecuencia de olvidarse de la pluma y el tintero, es que de a poco se pierde la capacidad de reflexionar con claridad, de aterrizar los pensamientos de manera tal que resulte didáctico compartirlos y hasta una forma lúdica de expiar el espíritu tan contaminado en estos días, en los que hasta un esperma se produce ya de forma sintética.

Con ese preámbulo que en realidad esconde la advertencia de que las siguientes palabras pueden percibirse enmohecidas, paso a explicar el tema que da título al presente texto, que por desgracia no es novedoso y tal vez ni siquiera un poco interesante, pero que definitivamente me ha quitado el sueño un par de noches. ¿Por qué rayos la gente aprovecha la menor provocación para sumergirse en la nostalgia?

Comprendería si de vez en cuando, al tropezar con destellos del pasado, las añoranzas de ese mundo mejor nos provocaran espasmos, pero si todos los días hablamos con alguien, miramos fotografías del tiempo que no volverá o escuchamos canciones que nos remontan al pasado, ¿cómo es que lo extrañamos tanto?

Yo por ejemplo escribo todos los días. Hago la lista del supermercado, anoto las cosas que se supone debería hacer en el trabajo, aunque casi nunca las realizo; envío reportes a mis jefes, construyo mensajes que pretenden atraer usuarios hacia las cosas que hacemos en la oficina, en fin que me la paso tecleando 16 horas al día y sin embargo extraño escribir en mi diario íntimo, que paradójicamente está abierto a todo el mundo.

Hay quienes extrañan a su madre, su novio o su hijo, aunque todo el día estén peleando con ellos. ¿Es eso sano o simplemente una prueba irrefutable de que necesitamos estar inconformes con lo que tenemos, para confirmar que estamos vivos y que tenemos una nueva oportunidad para ignorar lo que nos rodea y desear lo que ya perdimos?

En un intento por responder este enigma metafísico, hice una lista con las cosas que más extraño y, para mi sorpresa, resultó más abultada de lo que jamás habría imaginado, por lo que decidí recortarla solamente a los 10 aspectos que verdaderamente anhelo de mi pasado, pues corría peligro de caer en una profunda depresión y nada es más frustrante que inducirse estados de desánimo solo por llamar la atención.

Extraño:

1.- Los momentos que no hubo televisión en casa, porque gracias a ellos descubrí las bondades de perder el tiempo caminando sin rumbo fijo.

2.- Los días en que podía comer lo que fuera sin tener que hacer complicadas operaciones para calcular si subiría o no de peso, la forma en que se modificaría el índice de masa corporal y el número de horas a la semana que debería pasar corriendo en la banda de plástico como ratón de laboratorio para mantener mi cuerpo en equilibrio, aunque mentalmente estuviera hecho trizas.

3.- No tener que recorrer varias veces toda la frecuencia radial para encontrar una buena canción.

4.- El espacio vital de no más de 20 pasos para llamar en diferentes puertas y encontrar amigos en todas ellas. Ahora timbró en todas las puertas a mi alrededor y cada vez aparece un rostro diferente que habla un idioma distinto y generalmente con tendencias de difícil definición.

5.- Los momentos de incertidumbre por saber si algún día tendría pareja. Ahora que la tengo, en ocasiones no sé qué hacer con ella.

6.- Caminar bajo la lluvia disfrutando ver cómo salen burbujas de las costuras de los zapatos.

7.- Comprar 100 gramos de jamón, dos trozos de pan, una gaseosa y una bolsa individual de fritura. Odio ser forzado a abastecerme por toneladas.

8.- Las conversaciones de viva voz con mis hermanos, mi madre y mis amigos. Ahora todos son trozos de plástico pegados al oído y rostros planos que en el mejor de los casos puedo mirar en alta definición. 

9.- La incertidumbre y la prisa por saber lo que haría cuando cumpliera 20 años. Ahora estoy por llegar a los 40 y no sé si respondí satisfactoriamente la primera duda.

10.- Cuando las cosas más valiosas de mi vida cabían en una caja de zapatos que nadie se interesaba por abrir.

Ahora, si me permiten, necesito un antidepresivo.

Iván Carrillo

Posteado por: dondetinta | Agosto 12, 2008

El traje gris

Hay quienes creen que la vida, tal como la conocemos, es tan solo un fragmento de algo más grande que de acuerdo con la actuación que tengamos en el escenario donde nacemos, avanzamos a un nivel superior o descendemos en la escala de las buenas almas.

 

Esta idea me la dijo alguien que conocí en el bar una noche lluviosa, una de esas en las que solo se antoja estar en casa metido en la cama. En vez de reposar opté por salir a caminar bajo la tormenta, como si de esa manera pudiera lavar los errores cometidos, las penas acumuladas.

 

Aquel hombre se refugiaba en un traje gris, tres o cuatro tallas más grandes, y tenía un fuerte olor a licor fermentado, a fluidos almacenados durante días que ahora buscaban escapar en cada movimiento.

 

Pensé que era un borracho, una víctima de la crisis ahogando sus lamentos y sus últimas monedas con el alcohol más barato. Al despedirse me dio una palmada en el hombro y preguntó si creía que yo recién comenzaba o me encontraba al final de mi propia cadena.

 

Después salió caminando con una perturbadora cadencia de tres pasos al frente y uno para atrás. Lo miré hasta que se perdió tras la puerta de madera y vitrales antiguos. No sé si lo hice por curiosidad o en un afán por entender lo que el tipo me quiso decir.

 

Analicé sus locuras mientras movía las copas de coñac sin encontrar la respuesta. Luego de mecerlas en mis manos por largo rato, me asomaba en la perfecta burbuja de cristal como tratando de sumergirme en ella, de purificarme, para poder entender la pregunta del enigmático hombre del traje gris.

 

Tal vez habían pasado seis meses desde que Luisa me abandonó y de apoco habían comenzado a aparecer personas extrañas en mi vida, en la oficina, en el club, en la casa y en el bar. Me negaba a pensar que todas ellas formaran parte de un macabro rompecabezas que trataba de triturar la mía.

 

La primera fue una mujer, no muy joven, delgada, de rasgos marcados y mirada penetrante. Con ella me crucé en el estacionamiento, por casualidad, esa misma con la que uno sonríe tratando de ser un cazador furtivo, sin saber que en realidad es la presa de alguien más astuto.

 

Después llegó la niña del club, una linda morena de rizos fabricados con tubos de plástico. De no haber sido por su ropa un poco fuera de moda, tal vez habría pasado desapercibida, pero su antiguo uniforme para jugar tenis la hacían destacar entre el resto de los infantes que jugaban a espadachines con las raquetas.

 

Al hombre del subterráneo no lo recuerdo bien. Si a caso puedo decir que su profundo olor a colonia y la piel que colgaba de sus mejillas, lo hacían parecer más un perro viejo de pelea, que un anciano recorriendo, quizás por última vez, los caminos por los que se habían escapado su infancia, su juventud y ahora también su vida.

 

Con los demás personajes no estuve claro si eran parte de ese plan para enloquecerme o simples coincidencias que se cruzaron en mi camino mientras aún buscaba la respuesta a lo que ya parecía más bien una maldición: ¿Recién comienzo o estoy al final? ¿Cómo saberlo?

 

La lluvia seguía con su intermitente caída, ya sin la fuerza de horas atrás, pero pintaba con destellos undulantes las farolas y le daba movimiento a las estrechas calles por donde se escuchaban, de vez en vez, algunas sonrisas y también lamentos ahogados con inútiles mordidas en los labios.

 

Llegué a casa y de inmediato sentí la pesadez de la soledad, los golpes de las fotografías apiladas en la mesa de la sala y los cuadros pintados por Luisa en los 10 años que duramos casados, plasmados a lo largo de sus nueve años de frustración provocada por mi impotencia, no sexual por su puesto, sino de no saber escucharla.

 

Me senté en el oscuro balcón para despedirme de la noche con un trago más y mientras juntaba los ojos en el fondo de la copa para verla vaciarse, un leve crujido en el piso de madera me hizo aguantar las últimas gotas de alcohol en la garganta. Era como haberle puesto pausa al efecto embriagador que resbalaba hacia mis entrañas.

 

De pronto ahí estaban los rostros de mis pesadillas, el hombre del traje gris, la mujer del estacionamiento, la niña del club, el anciano del subterráneo y dos tipos más, uno con aspecto de profesor fracasado y otro como de hippie reincidente venido a más.

 

A pesar de haber terminado mi copa y de tener la mirada clavada en el fondo de cristal, no me moví ni un centímetro. Dejé que mis oídos se encargaran de todo, de investigar quiénes eran esas personas y qué hacían en mi casa, alrededor de mi, colocados en círculo como si se tratara de un juego perverso donde sus dedos me señalaban.

 

Todos hablaban menos la niña de los rizos falsos. Ella solo me veía con aire compasivo, como quien observa al culpable que aún no sabe que lo es, pero que en breve será condenado a un severo castigo que ni siquiera imagina.

 

Poco a poco comenzaron a quedarse en silencio. El hombre del traje gris se limitó a decir que era caso perdido, que me había visto y que no tenía remedio. El viejo del subterráneo dijo desconfiar de lo que decía mi rostro, pero también aceptó benevolente, como gato lamiendo la herida con resignación, tener la corazonada de que podría sorprenderlos.

 

La mujer de rasgos marcados y mirada penetrante fue la más directa. Es el peor de todos, dijo, dista mucho de ser un buen principio y pinta como un final fatal. Ni siquiera puede decirse que se trata de un mal ejemplo para la parte media de la cadena. Considero que es una fase perdida y que deberíamos pasar al siguiente nivel.

 

La discusión entre todos ellos renació y yo, que aún seguía con el brazo empinado sobre mi rostro con la copa empujando mi cabeza hacia atrás, sentí cómo la niña de los rizos me hablaba casi sin mover los labios.

 

“Nunca han estado conformes y creo que los tiene frustrados el hecho de que nos mantengamos en un nivel inferior, cuando ya deberíamos estar más allá de la mitad. No te preocupes, no es tu culpa. Yo me resbalé al salir del club y hasta ahí llegó mi historia. Como fue un accidente, la cadena pudo continuar sin mayor problema… sin mayor problema, eso dicen, pero jamás me dejan opinar”.

 

Las voces comenzaron a hacerse más claras, todos hablaban al mismo tiempo, pero podía distinguir lo que expresaba cada uno. Si bien el anciano del subterráneo era el que más aportes había hecho a la cadena, el resto de “nosotros” se las había ingeniado para retroceder, para perder todo lo alcanzado en una vida anterior.

 

De pronto entendí todo. El hombre del traje gris había comenzado el camino y si bien no construyó mucho, sí dejó bases para que los demás avanzáramos. Después la mujer hizo un gran esfuerzo y, a pesar de los maltratos y abusos propios de la aristocracia francesa en tiempos de la revolución, nos había mantenido equilibrados, sin pérdidas.

 

Lo de la niña fue como una prueba suspendida, la cual tampoco acumuló ni restó puntos. El amargado profesor había sido una parte prometedora, pero su promiscuidad lo dejó muy lejos de lo que la cadena habría esperado de él y eso lo tenía más deprimido en su muerte que cuando estuvo vivo, lo que ya era algo de consideración.

 

El comienzo de la gran depresión, algo así como el eslabón negro de la cadena, fue el hippie reincidente venido a más. Sus ideas revolucionarias y los enfrentamientos con una sociedad cerrada hicieron pensar que habría un gran despunte, pero su rendición final al sabor del dinero, a los placeres que solo brindan satisfacciones en primera persona, terminaron por hacernos retroceder.

 

Ahora era mi turno. Estaba ahí en medio de todos, aún con la copa entre mis labios y la cabeza echada para atrás. Todos seguían discutiendo sobre si mi participación había sido tiempo perdido o se podía rescatar algo, cualquier cosa, aunque fuera con mis intenciones de ser un buen consejero matrimonial que no logró salvar a ninguna pareja y que al final hasta perdió la propia.

 

Todos éramos parte de una misma cadena y me alarmó saberme cómplice de un grupo de perdedores que, desde la tribuna, asistían en cada nacimiento al desarrollo de otra esperanza que se apagaría sin dejar la menor estela de éxito. Eso no podía ser. Podría soportar tener una vida mediocre, pero una muerte sumido en la decepción, jamás.

 

Arrojé la copa contra la pared y solo al estrellarse logré que mis otras vidas guardaran silencio. Me subí al borde del barandal del balcón como para dirigirles un amplio discurso sobre lo que debíamos haber hecho y que dejamos pasar por ceguera, por descuido o por simple desinterés.

 

Sin embargo solo me limité a observarlos a todos y me despedí con un leve encoger de hombros. Nadie dijo nada, si acaso la mujer de rasgos delgados me mandó un último mensaje con su mirada penetrante: imbécil.

 

La niña de los rizos me tomó de la mano y juntos saltamos… le dimos color al traje.

Iván Carrillo

Posteado por: dondetinta | Mayo 10, 2008

Carta de amor (con remitente conmovido)

Entre ella y yo hace tiempo que no existen secretos. Somos como esa especie de amantes en extinción que se entregan por completo en sus encuentros furtivos, porque saben que no hay nada seguro para la siguiente noche, porque entienden que el secreto de su pasión radica en la posibilidad, quizá remota, de volver a transpirar juntos.

 

Describirla resulta tan sencillo y complicado a la vez, tan elegante y vulgar, como decir que se trata del amor de mi vida y de la puta más fácil que me haya hecho suspirar. Hasta hoy no encuentro un momento de intensidad en mi pasado en el que no esté presente su esencia, la textura su piel y el agrio olor de su aliento.

 

Como en los romances épicos, el nuestro comenzó cuando descubrí que me espiaba, cuando la sentí observándome en cada una de mis juergas, esas que muchas veces terminaron entre botellas vacías y oídos saturados de tristes historias, relatos  que hicieron llorar por lo absurdo de su contenido, más que por la sensibilidad de los detalles. Al final ella estaba ahí, comprensiva e indulgente.

 

También me siguió en los momentos de soledad, cuando los vacíos del alma se intentan llenar con flagelos lanzados por la voz interior y que se curan con escupitajos de la conciencia. Ahí estuvo ella, en silencio, al momento de entender que se trató tan solo de una estéril noche de insomnio.

 

Así creció lo nuestro, entre intercambios de murmullos, lunadas de placer y golpes en el rostro, en las rodillas, en la nuca y hasta en los genitales. Nos amamos tanto como para perdernos el respeto y recuperar el cariño al momento de estar mirándonos nuevamente, solos ella, yo y nuestro costal de recuerdos.

 

Después llegó la separación. Fue algo imprevisto. Juro que jamás lo pensé y que nunca tuve tiempo de confesarle mi partida. De pronto dejé de sentir su respiración resoplando en mi nuca, su saliva tibia resbalando por mi frente y sus ásperos dedos provocándome fantasías en cada esquina.

 

Me sentí culpable por abandonarla, pero también gocé estando lejos de ella. Sí, me dejé seducir por otros contoneos, me entregué a los placeres mundanos en otras aguas, pero su imagen, como antes, como siempre, estuvo ahí para recordarme que mis mejores momentos los viví con ella, sobre ella… dentro de ella.

 

Pasaron muchos años, seguro más de diez, cuando de pronto volví. No sabía qué iba a encontrar, ni siquiera imaginaba si al verme me abrazaría o me golpearía la nariz, como tantas veces, para cobrarse con sangre la cuota de la traición, del abandono.

 

Al llegar caminé con pasos cortos, como quien intenta reconstruir con la memoria los espacios que alguna vez le dieron forma a mi vida, la nuestra. Me deslicé entre las calles por las que tantas veces me vio reír, tropezar e incluso caer, pero de aquellos muros en donde tantas veces recargué mi frente para descasar, para pensar, para llorar, ya no queda nada.

 

De pronto me detuve frente a un edificio de espejos y observé mi reflejo borrándose mientras el sol ahogaba sus últimos rayos entre cerros con piel de asfalto.

 

Pensé que ella jamás me reconocería, pero de nuevo seguía mis pasos en silencio, sin reclamos. Ahí mismo, frente a la puerta de cristal, descubrí que no se vengaría con un puñetazo en el rostro y mucho menos con cruel indiferencia.

 

Esta vez fue implacable, porque me mostró que mientras mi silueta, anciana, cansada y encorvada, se perdía con el ocaso, la suya se levantaba más grande que nunca, fuerte, jovial y lista para ver partir a los ilusos amantes que algún día habrán de volver, vencedores o vencidos, pero viejos, con los recuerdos destiñendo sus cabellos y un letrero de “Bienvenidos a la ciudad del nuevo siglo”, envenenando su nostalgia.

Posteado por: dondetinta | Marzo 19, 2008

Aquí vamos de nuevo

En la vida hay una infinidad de cosas que nos gustaría hacer, cosas con las que soñamos cada noche pero que por falta de tiempo, dinero o suerte, simplemente no suceden.  Escribir es una de las cosas que más me gustan, lo que no significa necesariamente que lo haga bien, pero que me ayuda a desahogar de manera poco peligrosa para la sociedad que me rodea, creo, todas las frustrasciones que en ocasiones te pueden generar los extraños episodios que conforman el día a día de tu vida.

Dicho de manera breve… ¡esta es mi terapia! Así es, lo reconozco, me llamo Iván Carrillo y soy un desmadre (lo cual en ocasiones hasta me coloca en una posición en la que casi encajo con el mundo).

En fin, hechas las confesiones pertinentes que por lo general se comparten cuando uno entra al club de los locos, procedo a dar por inaugurado este nuevo espacio al que llegué gracias a la noble insistencia del Mortero y en el que también me reencontré con las siempre simpáticas y profundas reflexiones de La rifa del tigre.

 Venga pues, se quedan en su casa y veamos dónde para esta nueva aventura. Salú

Posteado por: dondetinta | Enero 17, 2008

Las alturas

Las emociones fuertes siempre fueron el postre que endulzó mi vida. Aún recuerdo cuando me animé a conducir a toda velocidad por el sendero lleno de precipicios y mis venas hinchadas de alcohol. En aquel entonces muchos me percibieron como un romántico incomprendido, sin embargo ahora sé que se trataba tan solo de un idiota con espíritu de mártir.

Esa búsqueda constante por alcanzar el más allá de forma trágica, me llevó a probar mil fórmulas que fueron de lo simple a lo complejo e incluso a lo cínico, y es que jugar a ser el amante de la esposa de un militar no es algo muy sano. En más de una ocasión estuvieron a punto de atraparme, pero al final siempre logré escurrirme.

Fue esa adrenalina, la misma que te lleva a sentir como si el pecho se abriera para abortar al corazón, la que me instaló al borde de un abismo para saltar con una simple promesa de “no se siente nada” como seguro de vida.

Nunca necesité esperanzas para hacer mis locuras, pero ahora, atado por los tobillos, escuchaba a un desconocido reconfortando mis temores con su cántico de “no pasa nada hermano, cuando creas que estás por romperte la madre contra las rocas, la cuerda se convierte en tu pasaporte directo a la resurrección. Es toda una experiencia”.

Aquella mañana no tenía nada que probarle al mundo, ni siquiera a aquel extraño que me empujaba con su mirada burlona y esa sonrisa retadora que se lanza a los cobardes cuando se les tiene entre la espada y la pared. Sin pensarlo más abrí los brazos, flexioné las piernas y salté.

Fue curioso como toda mi vida, los momentos alegres y tristes, inundaron mi pupila para luego filtrarse en el torrente sanguíneo y recorrer todo mi cuerpo, antes de comenzar a evaporarse por mi piel. De pronto ya no veía nada ni escuchaba el silencio de la caída libre, pero el viento aún seguía con su furioso oleaje sobre mi rostro, chocando con mis mejillas y arrancando algunas lágrimas de mis ojos.

Aún hoy no sé qué pasó. Me encuentro en algún lugar elevado, pero no es la cima de la montaña, ni siquiera el risco en las faldas de la cordillera. La vista pareciera llegar hasta el infinito, pero solo hay un ligero vapor que brinda una sensación de misterio a ese rincón donde me encuentro, pero que no reconozco.

¿Estoy soñando o es esa pequeña laguna que se forma en los sentidos, cuando el corazón hace una pausa ante una fuerte emoción y convoca a todos los órganos a una reunión de emergencia, para decidir si ahí renuncian todos al mismo tiempo o se suman al derroche de adrenalina para ver en qué acaba la película que aún siguen registrando las pupilas?

Hay un pequeño golpeteo que me arranca de mi limbo reflexivo y poco a poco me ubica en un cuarto de paredes teñidas de azul pálido. Hay luces apuntando a mi cara, mangueras que me anclan a varios aparatos que brindan un espectáculo de luz y sonido que, según entiendo, mientras todas esas máquinas sigan con su fiesta, yo aún tengo alguna oportunidad de vida.

Estoy fuera de mi cuerpo y lo miro con una cierta dosis de incredulidad, ¿cómo fue que me separé de mi estuche? No lo sé, pero ahí estoy, en la cima de esa fría recámara viendo cómo mi piel está intacta, sin un solo rasguño e incluso mi rostro se muestra alegre, emocionado, como posando para una fotografía en una fiesta de cumpleaños.

Por primera vez siento miedo y quisiera bajarme ya de esta densa nube que me mantiene flotando por encima de la plancha de operaciones. Tengo un leve cosquilleo en el pecho mientras miro cómo un médico juega con mi corazón, como quien aprieta una almohadilla de tela para relajarse.

Ahora sé que le tengo miedo a las alturas, que nunca más volveré a separarme del piso y que la única cima en la que quiero mantenerme es esa que vomita el electrocardiograma y que en cada pico alto confirma que aún estoy vivo… ausente de mi cuerpo, pero vivo; flotando en las alturas de mis temores, pero con la esperanza de aterrizar para matar ese gusto por la adrenalina que ahora está por enviarme a las alturas del más allá.

Posteado por: dondetinta | Enero 15, 2008

Karma

A él nunca le gustó mentir, ni siquiera para simular que alguien no era de su agrado.

Una vez, siendo todavía niño, disparó a una lata de cerveza con un rifle de municiones prestado por un vecino. Su puntería era tan mala que ni siquiera rozó el cilindro de aluminio, sino que el proyectil fue directo a un nido de jilgueros recién entretejido.

Sorprendido por el ruido del cañón, apenas si vio caer algunos trozos de cascaron y un par de plumas color amarillo. De inmediato salió corriendo del jardín y no paró hasta refugiarse debajo de su cama. Temblaba como todo asesino casual y tenía miedo hasta de asomarse por la ventana, pensaba que al hacerlo encontraría cientos de mirillas enfocándolo y listas para dispararle a la cara.

Pasaron minutos, tal vez horas, cuando por fin salió de su refugio. Lentamente, como quien intenta atravesar una habitación sin hacer ruido para no despertar a los durmientes, pasó ante el ventanal de la sala y desde ahí miró que afuera no había nadie, que en el jardín probablemente ni siquiera se habían percatado de que yacía el feto de un plumífero al lado del cadáver de su madre, mientras el jilguero macho contemplaba la escena, tal vez triste, desde la rama donde alguna vez construyó el nido.

Nadie supo jamás o por lo menos jamás le reclamaron por el incidente del nido, pero el cargo de conciencia era grande, tanto, que desde aquel día se paraba frente a la ventana para rendir tributo a sus víctimas con una lágrima, mientras el jilguero seguía posado sobre la misma rama.

La honestidad con la que rigió su vida le abrieron cientos de puertas y lo llevaron a conocer al amor de su vida, una mujer de lindas formas y rostro de porcelana, como moldeado a mano, suave, terso y con un fascinante contraste entre el verde de sus ojos y el rubor natural de sus mejillas.

Al verla en los pasillos de la biblioteca en la universidad quedó impresionado y ella lo notó, lo sintió e incluso lo aceptó, pues la fascinación con la que era observada por aquella mirada entre melancólica y enigmática, le indicó que aquel hombre podría ser el indicado para compartir la soledad propia de quien crece en un orfanato, no por haber perdido a sus padres, sino por el arrepentimiento de una pareja adolescente.

Las tardes se llenaron de conversaciones en las que compartieron infinidad de historias, muchas relacionadas con los quehaceres escolares, pero la mayoría sobre el pasado de ambos, incluida la del abandono en la casa cuna cuando ella apenas tenía dos días de nacida.

Jamás supo quiénes eran sus padres y con el paso del tiempo dejó de interesarle la información, pero lo que sí quería conocer eran los motivos que los llevaron a dejarla en una instancia de gobierno, como quien dona la ropa que ya no le sirve o devuelve un objeto perdido que se encontró por casualidad.

Una tarde de otoño, cuando ella cargaba en su vientre al hijo de ambos, la conversación volvió al punto del abandono de sus padres y lo diferente que habrían sido las cosas si en vez de dejarla en el orfanato, la hubiesen abandonado en un bote de basura o en algún terreno solitario, tal como lo hacían las parejas en una moda fúnebre que reportaban cotidianamente los diarios antes de su sección de sociales.

“Finalmente creo que hicieron lo correcto, aunque no sé si fue por temor a cargar en su conciencia con la muerte de un ser al que crearon, pero que se negaron a conocer. ¿Qué se sentirá matar? ¿Alguna vez has matado?”.

Él, aunque acostumbrado a la verdad, pensó unos instantes, reflexionó y en seguida negó con la cabeza, la abrazó y le dijo al oído que jamás podría vivir con una carga de ese tamaño. Luego se despidieron con un beso y esa fue la última vez que se vieron, que se tocaron, que se sintieron.

Al otro día, justo en la ventana de la sala, ahí estaba él, con la mirada triste y las lágrimas que nublaban la vista hacia el jardín. El jilguero ya no estaba en la rama del viejo árbol y entre sus manos retorcía una y otra vez el periódico abierto antes de la sección de sociales.

“La mujer, quien se encontraba embarazada, murió al impactar su vehículo contra un árbol. Según los primeros reportes de los peritos, un ave se estrelló en el parabrisas y provocó que la conductora perdiera el control y se impactara de frente contra el único tronco del camellón central”.

Posteado por: dondetinta | Diciembre 22, 2007

Delirio de persecución

¿Alguna vez has sentido que la vida se burla de ti? Yo nunca fui paranoico, aprensivo, ni siquiera nervioso, pero de unos días a la fecha no puedo pegar los ojos, siento que todos me persiguen, que buscan hacerme daño, que me quieren quitar lo poco que me queda.

Hasta hace unos meses vivía feliz en una sociedad que me ignoraba y ni siquiera mis ex parejas me contestaban el teléfono; mi madre, salvo para exigirme que le leyera las cartas de amor de sus amantes ya muertos, tampoco se preocupaba por charlar conmigo.

Resignado a que el mundo rodara sin mí, decidí que yo respiraría sin él y fue ahí cuando comenzó mi desgracia. De a poco comenzaron a llegar los avisos de embargo por no pagar, amenazas de que me quitarían el auto, la casa, que se meterían con mis cuentas de banco para pagar la luz, el teléfono, los impuestos, bueno, hasta mis ex esposas comenzaron a gritarme desde la calle para que les diera las mesadas de mis hijos.

¿Cuánto tiempo los busqué a todos ellos con la simple intención de charlar? No lo sé, perdí la cuenta, pero ahora me persiguen, quieren sacar de mi incluso lo que no tengo. Ese mundo que tanto me ignoró, ahora vomita en mis oídos que no puede vivir sin mi, sin mis sueños hechos pedazos y sin mis ilusiones trituradas por cada fracaso.

Hoy que quiero cortar de tajo con todos, la multitud se arroja sobre mi, me ofrecen la redención de los locos, el perdón de los derrotados, la limosna del humillado, pero yo lo único que quiero es que se callen, que se alejen de mi y me permitan saltar, utilizar este boleto que me llevará lejos.

Las lágrimas no me dejan ver a dónde me dirijo, pero pronto lo averiguaré, pues veinte pisos en caída libre no son una distancia que ofrezca muchas opciones. Maldita sea, el final ya llegó y los buitres de la televisión pululan sobre mi cuerpo deformado, buscan el mejor ángulo de mi cráneo estrellado y yo solo espero que el último latido recorra mi cuerpo… estoy cansado y creo que todavía me persiguen.

Iván Carrillo

Posteado por: dondetinta | Octubre 22, 2007

Las cartas sobre la mesa

Entiendo que el tiempo apremia y que debo tomar una decisión cuanto antes, pero es que no es fácil. Qué tal que me decido por la política y termino siendo un político mediocre, hipócrita e insensible; qué tal que incluso llego a ser presidente de un país… esa posibilidad me aterra.

Qué tal que solo decido ser un médico, de esos que se llenan los bolsillos con el dinero de los que menos tienen y estafan a los ricos inventándoles enfermedades para costear sus viajes por el mundo. Podría ser que me convirtiera en un cirujano que solo transforma sueños en pesadillas.

Tal vez no debería ser tan ambicioso y elegir ser profesor, de esos que les importa menos que nada el que un grupo salga adelante, que solo se aparece por las aulas para cumplir con una rutina que le permita ganarse un pago quincena a quincena y al final de su carrera hasta ser reconocido por todas las generaciones a las que les mutiló las ideas.

Quizá podría ser periodista, de esos que caminan por la vida fácil y que transmiten lo que desde arriba les dictan. Eso suena aburrido, pero podría ser mejor que terminar a la orilla de cualquier desierto encerrado en un tambo con doscientos litros de combustible quemando mis inquietudes, mis perspicacias.

Sabía que la elección sería difícil, pero no imaginé que tanto. Definitivamente no estoy preparado para este examen. Somos muchos los que hoy nos presentamos a la prueba y aunque casi todos tenemos la misma duda, la mayoría ha entregado su hoja en blanco y pasado al siguiente nivel.

Yo no creo estar prepadado, no quiero tener un viaje corto y terminar en un lugar oscuro, con frío y hambre. Me rehuso a vivir en una coladera esperando a que algún animal me entregue la redención que todos buscan como medio para dejar de sufrir.

Ya lo decidí, yo no voy a participar en este juego de mentiras, no me voy a dejar arrastrar por el sistema, hasta aquí llegué, me marcho sin tocar mis cartas, sin ver mi juego…

“Esta tarde se anunció que Su Alteza perdió en el alumbramiento al bebé que esperaba. Los médicos no pudiron explicar lo ocurrido”.

Iván Carrillo

Con cariño para Carlitos, que decidió jugar aún cuando nos vio en sus cartas.

Posteado por: dondetinta | Septiembre 25, 2007

El poder del pudor

Todavía tengo marcado en el rostro el contorno de su mano. Ella nunca fue violenta, aunque también debo admitir que nunca aprendió a escuchar; los convencionalismos sociales la marcaron desde niña y de poco sirvió la caparazón en la que se refugió con su bandera liberal.

¿Si ya vivíamos juntos para qué quería que firmara un papel? Ella argumentó que eso le daba la certeza de que no la engañaría y en realidad así fue, porque jamás le prometí dejar de ser carne. Nunca acepté que renunciaría a admirar la sincronía de unas caderas y el embriagante poder de una sonrisa.

Ella lo dejó todo por mi, o almenos eso dijo, y yo le fallé porque no fui capaz de renunciar a mi vida por ella. Según me gritó la última vez que nos vimos, yo jamás aprendería a estar con alguien, porque era el prototipo ideal del hombre infiel.

Creo que nunca logró entenderme, pues mi problema no es la infidelidad, sino que me enamoro con facilidad… un instante después de explicarle ésto, su mano se estrelló en mi mejilla, las venas de mi ojo se reventaron y me mandó al carajo sin ningún pudor, “ya puedes largarte con tu esposa”.

Iván Carrillo

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