La consecuencia de olvidarse de la pluma y el tintero, es que de a poco se pierde la capacidad de reflexionar con claridad, de aterrizar los pensamientos de manera tal que resulte didáctico compartirlos y hasta una forma lúdica de expiar el espíritu tan contaminado en estos días, en los que hasta un esperma se produce ya de forma sintética.
Con ese preámbulo que en realidad esconde la advertencia de que las siguientes palabras pueden percibirse enmohecidas, paso a explicar el tema que da título al presente texto, que por desgracia no es novedoso y tal vez ni siquiera un poco interesante, pero que definitivamente me ha quitado el sueño un par de noches. ¿Por qué rayos la gente aprovecha la menor provocación para sumergirse en la nostalgia?
Comprendería si de vez en cuando, al tropezar con destellos del pasado, las añoranzas de ese mundo mejor nos provocaran espasmos, pero si todos los días hablamos con alguien, miramos fotografías del tiempo que no volverá o escuchamos canciones que nos remontan al pasado, ¿cómo es que lo extrañamos tanto?
Yo por ejemplo escribo todos los días. Hago la lista del supermercado, anoto las cosas que se supone debería hacer en el trabajo, aunque casi nunca las realizo; envío reportes a mis jefes, construyo mensajes que pretenden atraer usuarios hacia las cosas que hacemos en la oficina, en fin que me la paso tecleando 16 horas al día y sin embargo extraño escribir en mi diario íntimo, que paradójicamente está abierto a todo el mundo.
Hay quienes extrañan a su madre, su novio o su hijo, aunque todo el día estén peleando con ellos. ¿Es eso sano o simplemente una prueba irrefutable de que necesitamos estar inconformes con lo que tenemos, para confirmar que estamos vivos y que tenemos una nueva oportunidad para ignorar lo que nos rodea y desear lo que ya perdimos?
En un intento por responder este enigma metafísico, hice una lista con las cosas que más extraño y, para mi sorpresa, resultó más abultada de lo que jamás habría imaginado, por lo que decidí recortarla solamente a los 10 aspectos que verdaderamente anhelo de mi pasado, pues corría peligro de caer en una profunda depresión y nada es más frustrante que inducirse estados de desánimo solo por llamar la atención.
Extraño:
1.- Los momentos que no hubo televisión en casa, porque gracias a ellos descubrí las bondades de perder el tiempo caminando sin rumbo fijo.
2.- Los días en que podía comer lo que fuera sin tener que hacer complicadas operaciones para calcular si subiría o no de peso, la forma en que se modificaría el índice de masa corporal y el número de horas a la semana que debería pasar corriendo en la banda de plástico como ratón de laboratorio para mantener mi cuerpo en equilibrio, aunque mentalmente estuviera hecho trizas.
3.- No tener que recorrer varias veces toda la frecuencia radial para encontrar una buena canción.
4.- El espacio vital de no más de 20 pasos para llamar en diferentes puertas y encontrar amigos en todas ellas. Ahora timbró en todas las puertas a mi alrededor y cada vez aparece un rostro diferente que habla un idioma distinto y generalmente con tendencias de difícil definición.
5.- Los momentos de incertidumbre por saber si algún día tendría pareja. Ahora que la tengo, en ocasiones no sé qué hacer con ella.
6.- Caminar bajo la lluvia disfrutando ver cómo salen burbujas de las costuras de los zapatos.
7.- Comprar 100 gramos de jamón, dos trozos de pan, una gaseosa y una bolsa individual de fritura. Odio ser forzado a abastecerme por toneladas.
8.- Las conversaciones de viva voz con mis hermanos, mi madre y mis amigos. Ahora todos son trozos de plástico pegados al oído y rostros planos que en el mejor de los casos puedo mirar en alta definición.
9.- La incertidumbre y la prisa por saber lo que haría cuando cumpliera 20 años. Ahora estoy por llegar a los 40 y no sé si respondí satisfactoriamente la primera duda.
10.- Cuando las cosas más valiosas de mi vida cabían en una caja de zapatos que nadie se interesaba por abrir.
Ahora, si me permiten, necesito un antidepresivo.
Iván Carrillo