Posteado por: dondetinta | enero 29, 2010

Grandes aspiraciones


Los aromas nunca fueron algo que me hicieran volar y mucho menos soñar. Tenía la idea de que las fragancias existen para motivar, para crear el preámbulo de algo que puede llegar a ser enorme, como una gran cena o una larga conversación con el mejor vino.

Sin embargo, desde que mi mano se fugó bajo su falda y se impregnó con el olor de sus muslos, esos recién lavados con jabón perfumado, mi mente se extravió en algún lugar entre sus tobillos y sus caderas.

Francine estaba de paso en la ciudad, de visita con una vieja amiga que había optado por marcharse de París ante el fracaso de su amor en la ciudad luz. Francine se decía inmune a las decepciones amorosas, a las largas noches de llanto que llevan a buscar el olvido mordiendo la sábana de una cama vacía.

Maude, por el contrario, sabía que tras el rompimiento con Dominique, sería imposible volver sentir ese abandono corporal que la hacía enloquecer, no porque no lo deseara, sino porque Dominique tenía el tamaño perfecto, la fragancia adecuada, esa con la que le invadía todos los sentidos cuando sudaba sobre ella.

Alguna vez Francine y Maude intentaron lo imposible, probaron a volar boca arriba sin estrellarse en las paredes del estudio en Miami, pero el vuelo fue corto y con más pena que gloria. Al final de la pequeña prueba, Francine confirmó que las decepciones amorosas no tenían efecto en ella y, Maude, se hundió aún más en los recuerdos de Dominique.

Una tarde de agosto, cuando el verano del caribe lo descompone todo, inclusive los ascensores, decidí sentarme al pie de la escalera para ver cómo el verde de las palmeras se confunde con el mar que se aleja hacia arriba, para el Atlántico, casi rumbo a París.

En varias ocasiones había buscado el rostro de Francine sin conseguir que me mirara al menos un instante. Aquel día llegó del parque al que solía salir a caminar y leer versos de Neruda para practicar su español. ¡Qué mejor lugar que Miami para conocer todas las versiones del idioma!

Francine se cansó de llamar al ascensor cuando se giró hacía mi, como buscando la respuesta que no le brindaba el botón con la flecha. Me miró con enfado y solo atiné a encogerme de hombros y responderle que el motor se había reventado. “Malédiction avec ascenseur de merde”, dijo y pasó a mi lado en busca de los escalones.

Apenas descubrí el nombre de Neruda en la portada de su libro, comencé a recitar “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: La noche está estrellada y tiritan, azules los astros, a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta”.

Francine se detuvo justo a mi lado y cerró los ojos. Yo continué despacio para que cada palabra pegara en su frente y se derritiera hasta sus oídos. Ella tenía un pie montado en el siguiente escalón y su falda dejaba escapar ese olor a jabón de baño francés.

Cerró los ojos e inclinó su cabeza hacía el lado contrario, como para que los versos de Pablo se colaran en ella con mayor fluidez. “Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos”, dije con acento más profundo y me animé a cogerla por el tobillo.

Las palabras seguían y mi mano subía por su piel. Sus muslos eran firmes, suaves. Quise avanzar hasta llegar a su ropa interior, pero solo encontré un delgado hilo ceñido a la cadera. Intenté bajarlo, pero me detuvo tajante. “Repite”.

Volví a la poesía y recorrí sus piernas sin pudor, como acariciando una madera preciosa. Me atreví a tomar sus nalgas y luego me fui hasta el ombligo. Comencé a bajar mientras culminaba, “porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo”.

Separó los muslos y me dejó ser. Fue un instante, tal vez más, quizá una vida entera, pero no me animé a profundizar. Me conformé con su rodilla y en su tobillo me separé. Francine me dijo “merci beaucoup” mientras se mordía los labios. Se contuvo un segundo y después comenzó a subir las escaleras con calma, como si fuera a desmayarse.

Me quedé sentado ahí, ni siquiera giré la cabeza para verla partir. Solo contemplé mi mano y volví a sentir el olor a perfume y jabón, a piel y ropa íntima. Cerré los ojos, toqué mi cara, mi nariz, reconocí esa tibieza amarga que provoca el calor de Miami en verano. Rocé mis labios y volví a comenzar… “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”.

Iván Carrillo


Respuestas

  1. Me temblaron las piernas, se me erizo el cuello y algo más, que capacidad tienes! …bueno, tienen tus palabras!


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