La sabiduría popular es amplia, infinita e impresionante. Admito que la selección del tema para hablar en este blog no fue la que yo habría pronosticado, pero justamente de eso trataba la idea. Tenía que hablar de la infidelidad y para ello recurrí a mis amigos, gente de confianza, compañeros, hombres y mujeres, para saber qué opinan al respecto. Este es solo un breve compendio de ese cúmulo de ideas y sentimientos.
En el mundo hay dos tipos de parejas: las que son infieles y las que van a serlo. No hay más. Esta verdad es cruda, pero real. Tradicionalmente los hombres, se decía, éramos infieles por naturaleza, porque la monogamia no se nos da. Se afirmó incluso que pensamos únicamente con la cabeza de abajo y que la de arriba la tenemos de adorno o solo como un lugar para poner las gafas y el sombrero.
En el caso de las mujeres se institucionalizó que son infieles porque están descuidadas por sus parejas, no están plenamente satisfechas de su vida sexual o descubrieron que su media naranja está en otra parte.
Entre zorras y príncipes azules
Luego del sondeo entre personas que están en una relación estable o de matrimonio, les puedo decir que todo lo anterior es… FALSO. Así como lo leen. Cruzando la información de ambos sexos sobre sus pasajes de infidelidad, les cuento que los hombres pensamos más que las mujeres con la cabeza de arriba y lo que termina arruinando a muchas mujeres es… su sexualidad.
En el caso de los hombres, casi todos pueden irse de los ojos con una tipa exuberante o atractiva. Pueden desear encamarse con ella o simplemente irse detrás de una cortina para darle rienda suelta a sus deseos, a sus instintos; repetir en diferentes ocasiones el coito, buscar nuevas féminas para implementar el juego de la carne y al final volver a casa como quien regresa de un partido de fútbol, cansado pero satisfecho, sin mayor remordimiento.
En contraparte, la mayoría de las mujeres le mete demasiada cabeza al asunto antes de decidirse a tener una relación con un tercero. Creen o quieren creer, necesitan creer, que sienten algo especial por ese alguien para dar el siguiente paso. No están dispuestas, en primera instancia, a arriesgar la “estabilidad” que tienen con su pareja por una simple aventura.
Le dan vueltas al asunto, pero cuando finalmente caen ante el hechizo de la infidelidad, la cosa se les complica, porque si la relación marcha bien, entonces creen que se enamoran, que quieren todo con el tipo, que realmente es quien vale la pena, incluso se sienten respaldadas para tomar la decisión de cambiar a la pareja por el nuevo príncipe azul.
Aquí es donde el factor moral marca la diferencia entre hombres y mujeres. Mientras que ellas son capaces de todo una vez que se sienten o creen estar enamoradas, incluso de mandar a volar a la sociedad con todo y sus reglas sociales, los hombres van en sentido contrario. Pueden tirarse a mil y una mujeres, pero difícilmente dejarán a sus parejas o esposas por esa mujer con la que carnalmente tienen una empatía bestial. No, eso no entra en sus códigos.
En varios casos, después de consumar la infidelidad en una, dos, diez ocasiones, las que sean, los hombres tienen conflictos existenciales, más aún si existen hijos, porque la falla ha sido contra “la institución”, es decir, contra la madre de sus hijos, incluso contra esos pequeños seres que en algún momento serán la única prueba de éxito o fracaso que los padres dejemos en este mundo. La cruda moral es infinita.
La doble moral
Este aspecto es el más peligroso de todos, porque se aplica la ley de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Es producto del machismo, ya sea en hombres o mujeres. Los hombres pueden ser infieles, tirarse hasta la escoba de casa; sin embargo, si descubren que la mujer les fue infiel, entonces el mundo se acaba y se preguntan ¿Por qué a ellos? ¿Por qué les vino a tocar la más puta de todas las mujeres?
Lo curioso es que si a este mismo individuo se le cuestiona por su pasado infiel, la respuesta es que “es distinto”. Lo peor es que las mujeres mismas lo entienden igual. Si un hombre es infiel, “bueno, nunca sentó cabeza” o “es ojo alegre”. Si una mujer tiene un romance adicional, invariablemente es “la peor de todas”.
Son pocas las personas infieles que reconocieron que si descubrieran una falla en su pareja, serían capaces de reflexionar y hablar al respecto para buscar una solución. La mayoría optó por decir tajantemente que si descubren cualquier rasgo de engaño, ahí se acaba la relación, sin importar que ellos mismos hayan tenido arrumacos con anterioridad.
Con daños a terceros
Ahora bien, si la infidelidad es descubierta, en cualquiera de los dos casos, quienes pagan los platos rotos no son los principales involucrados. Por ridículo que parezca, las principales armas de venganza son los hijos, pues la parte de la pareja que desenmascara el engaño, reacciona de inmediato con la idea de prohibirle al otro ver a los hijos.
¡Momento, pueblo! ¿Qué tienen que ver los hijos? El incumplimiento de contrato es entre un hombre y una mujer, ¿por qué los hijos son los castigados? Supongo que porque son parte de las injusticias que rodean al mundo moralista en que vivimos, donde lo fundamental son las formas y no los fondos.
Hay esperanzas
Ya sea porque el tiempo ha pasado, porque las comezones de cuando se está en los veinte años no es la misma, pero algunas parejas, al menos de palabra, pueden soportar lidiar con la infidelidad física de su media naranja. Pero cuidado, que si la infidelidad es emocional, ahí sí la cosa adquiere tintes irreversibles. Es decir, puede ser que uno descubra que su mujer (o su esposo) se metió mano y todo lo demás con alguien. Obviamente habrá un empute desmedido, pero luego de la crisis, cabe la opción de hablar y posiblemente llegar a un acuerdo.
En este tipo de parejas existen antecedentes de infidelidad, ya sea con el compañero actual o de relaciones anteriores, y esa misma experiencia es la que los ubica en un mundo más real, donde saben que uno mismo puede fallar al contrato social, que nadie puede meter las manos al fuego por el otro, pero al mismo tiempo, eso les da la confianza de, llegado el momento, hablar del asunto y tratar de arreglarlo.
Sin embargo, si resulta que no solamente hubo intercambio carnal, sino que además hay una empatía de gustos, de proyectos, entonces el asunto se da por terminado casi en automático. Ahí el dolor es profundo, hiriente, descarnado y sin ninguna opción de negociación.
Quien niega la posibilidad de que su pareja le sea infiel y después se sabe traicionada o traicionado, es quien generalmente rompe de tajo cualquier intento de resurrección. No importa que la vida se le vaya en llanto, que se amargue, prefieren eso a volver a entablar conversación con el culpable, deciden consumirse antes que intentar perdonar, entender o simplemente hablar.
El futuro
Obviamente la infidelidad es algo que existe desde que la humanidad se asumió como tal y desde entonces pasaron cientos de años en los que los contratos sociales le dieron forma a los papeles, rígidos, de hombres y mujeres, con lo que se construyeron todas las instituciones de convivencia que conocemos hasta nuestros días.
Sin embargo las cosas han comenzado a cambiar y el fenómeno pareciera una bola de nieve que crece en cada vuelta. Los roles en la vida diaria ya no son los mismos. Los hombres cada vez se involucran más en el papel de padres presentes y practicantes activos de los deberes domésticos.
En contraparte, las mujeres se asumen a cada instante como las proveedoras del sustento, las cabezas de familia y, por consiguiente, visualizan el mundo de forma distinta y perciben de igual manera las comezones, tentaciones y placeres que los hombres, por lo que el asunto de la infidelidad se democratiza a pasos acelerados.
¿Es o no pecado?
Si tomamos en cuenta que en la mayoría de los casos se asumió una infidelidad, pasada, presente o al menos latente, entonces quiero pensar que la falla está en el contrato social por el que tradicionalmente se han regido las parejas.
Si finalmente la fidelidad que importa es la emocional, la parte física tendría que llevarse a otros niveles, donde realmente nos concentremos en los fondos más que en las formas, porque pensar que las libertades físicas, emocionales e intelectuales son propiedad exclusiva de alguien más, es remitirnos al conflicto filosófico de la gallina y el huevo.
La anterior no es una conjetura a la ligera, sino que está fundamentada en el hecho de que el mayor afrodisíaco para los “infieles”, es la parte intelectual de otra persona. Obviamente los atributos físicos son un boleto de acceso al salón de fiestas, pero la decisión de elegir a alguien para bailar y quizá algo más, está en la empatía cognitiva, en el cachondeo de mente a mente.
Tal vez habría que echarle un ojo al modelo de convivencia social y de pareja entre los pueblos suecos y holandeses, donde el matrimonio como institución está descontinuado, donde vale más el proyecto libre de pareja, donde las drogas tienen el mismo marco jurídico que el alcohol y el tabaco.
Las muertes por sobre dosis de narcóticos en estas naciones están lejísimos de parecerse a las que se viven, por ejemplo, en “tierra de libertad”, en Estados Unidos, donde ricos, famosos, ejecutivos, deportistas, modelos y pobres, mueren de ingestiones letales de droga.
Entonces, si no se casan, no se mueren, trabajan, tienen acceso a todos los servicios y encima tienen el descaro de ser felices, algo estarán haciendo bien. Por tanto, no está de más, aunque sea por curiosidad, asomarnos a ver qué están haciendo para ver si nos funcionan por lo menos un par de ideas al resto de los “fieles” del mundo.
Muyyyyu bien tu blog vecino, se ve que recaudaste mucha informacion….. De pie te aplaudo IVan Rodrigo CArrilllooo de Luna = )
Por: ivy el marzo 19, 2010
a las 7:15 am
Si me vas a ser infiel, dímelo, para no ser cornudo y gilipollas!!!
Por: mortero el marzo 19, 2010
a las 8:01 am