Posteado por: dondetinta | mayo 15, 2010

El demonio azul

Hace poco escribí que el mundo se iba a acabar y sobre las cosas que haría si mañana se anunciara que son las últimas 24 horas de nuestra existencia. También ofrecí, desinteresadamente, que todas aquellas mujeres que hubieran estado interesadas en mis servicios de Latin Lover, lo hicieran saber so pena de irse al más allá sin conocer lo que es la pasión.

Es triste decirlo, pero nadie se reportó. Ni siquiera mi esposa y eso sí como que prendió los focos de alerta. ¿Será que no soy un buen amante? ¿Es posible que me haga falta algo de punch para completar las faenas como los buenos mataores? Hasta hace pocos instantes consideraba que no, pero de pronto, a mis casi 37 años de edad, me encuentro con la noticia de que un rockstar de 20 años se metió una sobre dosis de viagra. Gente créanme, el mundo ahora sí se va a acabar.

Que ya cerca de las cuatro décadas se deba acudir al apoyo de elevadores hidráulicos, de presión o vacío de aire, químicos o naturales, puede ser una realidad sumamente triste, pero altamente probable y hasta entendible. Pero que a los veinte años, cuando la adrenalina corre en mayor abundancia que la sangre, cuando se es el ídolo de millones de mujeres de todos los colores, tamaños o preferencias se requiera del demonio azul (viagra para las mentes inmaculadas que no están identificadas con el fármaco), sí es toda una desgracia.

Ya no quedan esperanzas en la galaxia si alguien como Tom Kaulitz, guitarrista de la banda alemana Tokyo Hotel, se empuja tres píldoras antes de una reunión con sus seguidoras. Esa es la primera prueba inequívoca de que el apocalipsis ha llegado, de que el cataclismo está en proceso y que tal vez ni alcancemos a parpadear antes de que nuestros cuerpos se desintegren sin dejar huella de que alguna vez existimos.

A mis 20 años recuerdo que debía hacer todo lo contrario; a esa edad necesitaba esconder el rastro de la bestia. Fueron innumerables las ocasiones que pasé la vergüenza de la manchita vengadora, esa que se filtra entre las bolsas y el cierre del pantalón de los hombre y que denota una ansiedad desbordante, un apetito voraz a prueba de cualquier freno de mano.

¿Cuántas veces, después de clase, me tocó quedarme sentado para ocultar las dimensiones de mis fantasías luego de admirar por más de una hora lo que había debajo de la falda de alguna de mis joviales maestras? No estoy seguro, pero sé que fueron varias… a la semana.

Ah! qué recuerdos aquellos en los que bastaba una blusa ajustada para despertar el espíritu, la imagen de un calendario en el taller mecánico para poner los pistones a toda revolución; esos días en los que hasta medio centímetro visible de ropa interior despertaba los pensamientos más profundamente dormidos. Claro, esas eran épocas de los mariscos como soporte natural o acelerador en el proceso de recuperación en una sesión de lucha cuerpo a cuerpo, sin límite de tiempo y a calzón quitado.

Ahora casi tengo cuarenta años y en breve ni siquiera podrá servirme un frasco entero de pasión para tragar, pero al menos puedo presumir que me divertí. Sin embargo qué le espera al desdichado Tom y sus guitarras, si ya desde ahora es esclavo del demonio azul. Menos mal que el andrógino de su hermano, vocalista de la banda, es el raro.

Da igual si fue por curiosidad o necesidad, el diablo está en sus venas y no hay forma de sacarlo de ahí. Dentro de veinte años nada podrá ayudarlo, ni siquiera el farmaceuta con sus cargamentos de viagra, los nietos de Andrés García y su patente de la bombita o el tipo del mercado ambulante, con su costal de ostiones en su concha, salsa y un kilo de limones, “para que no quepa la menor duda de qué tan hombre se es, mi amigo”.


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