Aún recuerdo cuando en 1997 fue detenido en México uno de los secuestradores que mayor conmoción había causado hasta ese entonces. Su nombre Daniel Arizmendi, de fama mundial por su apodo de “El Mochaorejas”, pues justamente empleaba ese método como herramienta de presión para que los familiares de los plagiados pagaran los millonarios rescates.
En aquel entonces estábamos muy lejos de imaginar que el secuestro se convertiría, por llamarlo de alguna manera, en el deporte nacional por excelencia. No es burla ni ironía, sino una realidad bastante cruda que ha derivado en perversiones tan extremas, que hemos llegado al punto donde las discusiones giran en torno a si alguien merece ser secuestrado y si una vez en cautiverio merece morir.
El político Diego Fernández de Cevallos fue secuestrado la noche del viernes. Las autoridades policiacas y militares de todos los niveles, que por cierto dicen que van ganando la lucha contra la delincuencia organizada, hacen “brainstorming” para comenzar la búsqueda de un personaje que, a los ojos de la gente más golpeada por las crisis económicas, políticas y de seguridad, ha sido un traidor absoluto.
La imagen del “Jefe Diego” está ligada al fraude electoral. Cabe recordar la elección de Carlos Salinas de Gortari en 1988, cuando misteriosamente el sistema de cómputo se cayó cuando el candidato opositor iba a la cabeza, y una vez que se reactivó, por arte de magia Salinas estaba en la punta que jamás perdió. Cuando la presión para hacer el recuento de votos uno por uno estaba por reventar, Fernández de Cevallos fue parte fundamental del grupo que impulsó la quema de boletas para evitar “mayor daño al país”.
Si seguimos con el perfil, Don Diego ha sido también representante legal de los hospitales donde los mayores narcotraficantes de la historia se han sometido a cirugías estéticas e incluso de las funerarias donde fue velado Amado Carrillo, mejor conocido como “El Señor de los Cielos”.
Ha defendido a traficantes y representado a personajes que luego fueron ubicados como prestanombres dedicados al lavado de dinero proveniente de la venta de drogas en Estados Unidos. También fue el abanderado de las llamadas concertasesiones, que no son otra cosa que negociaciones “en lo oscurito” entre los gobiernos priistas y el PAN, partido al que pertenece y que fue oposición por más de 70 años, hasta que en el 2000 ganó las elecciones, en gran medida gracias a esas “concertasesiones”.
A grandes rasgos ese es el hombre que tiene estresadas a todas las fuerzas de seguridad mexicanas y que logró evidenciar una vez más lo polarizada que está la sociedad del país. A través de las redes sociales hay comentarios como “el que obra mal, así termina”, “ya era hora de que le tocara a uno de ellos”, “por fin se hizo justicia”, “yo no se lo deseo a nadie, pero este señor se lo merecía”, y cosas por ese tenor donde lo más evidente es que en México, un país lleno de contrastes y tragedias, no solo se tienen secuestradas a cientos de personas, sino que el espíritu de 120 millones de individuos está también en cautiverio.
Perdimos, no sé si de manera lógica o natural, el poder de admirarnos, de dolernos con la barbarie y hoy nos hemos vuelto un tanto expertos en determinar quién tenía merecido ser secuestrado, quién puede acceder al milagro de volver a nacer luego del plagio y quiénes no pueden regresar de esos episodios.
Escucho los motivos de quienes dicen que Diego se merece eso y mucho más. Sus argumentos son fuertes y válidos. Quienes se preocupan y lamentan por su desaparición también tienen fundamentos sólidos. El problema es que esos dos polos opuestos de la realidad mexicana ya no les importa encontrar un punto medio, sino jugar al emperador romano que con el pulgar determina la vida o la muerte en este gran coliseo en que se ha convertido la tierra de los ancestrales sacrificios humanos.
En 1994, cuando Diego Fernández era candidato a la presidencia de México, visitó la facultad en la que yo estudiaba para un debate sobre su plataforma política con nosotros “la esperanza de México”. El señor me sorprendió porque demostró ser un orador de primera, capaz de convencer con la palabra a cualquiera. Aún recuerdo el olor de su puro, su mirada escrutiñadora mientras escuchaba preguntas y su sonrisa para absorber los crudos cuestionamientos de los compañeros de izquierda.
Hoy, a 16 años de distancia de aquel episodio, Diego me vuelve a sorprender, no porque haya sido secuestrado, pues eso en México ahora es una actividad tan cotidiana como ir al cine, pasear por el parque los domingos o comer tacos a cualquier hora del día. Hoy el “Jefe” me sorprende por las reacciones del coliseo que él mismo se encargó de levantar.
Hasta ahora pocos se preocupan por su bienestar y la gran mayoría, encabezados por los medios, corren las apuestas para determinar si va a regresar con vida o, los más extremistas, saber si fue asesinado el mismo viernes, el sábado o el domingo, una vez que el presidente Calderón estaba ya de gira por Europa.
¿En qué momento nos secuestraron el espíritu y no nos dimos cuenta? No lo sé, pero hay que averiguar si lo podemos rescatar, porque si ya nos asesinaron la esperanza, entonces el baño de sangre sí está por comenzar… ocupemos nuestras localidades en este gran circo que Diego nos edificó.
Aquí un par de canciones que se escuchaban en aquella facultad de periodismo en los noventa (ya sonaban desde antes y sé que aún hoy lo siguen haciendo a todo volumen).
[...] mexico « WordPress.com Tag Feed VN:F [1.9.0_1079]cargando.. Gracias!.Rating: 0.0/10 (0 votes cast)VN:F [1.9.0_1079]Rating: 0 (from [...]
Por: El secuestro del alma | rssMéxico.info el mayo 16, 2010
a las 1:40 pm