Hoy me levanté en una onda medio rara, de esas que son tan extrañas que uno mismo se pregunta sino no se habrá metido algún sicotrópico mientras dormía, porque la sensación de haber mutado mientras la luna llena brincaba de lado a lado de mi habitación es intensa e inquietante, por decir lo menos.
Mientras escribo esto, me parece justo hacerle un homenaje a La Unión, así que de fondo va Lobo Hombre en París. Prosigo. Esta posible transformación es todavía poco visible, pero definitivamente está ahí, se puede palpar y ante eso no hay droga a la cual culpar, es decir, este rollo kafkiano llegó para quedarse.
A lo largo de 36 años de vida siempre me he sentido una especie de hombre de malvavisco, cuya consistencia más bien cremosa dejaba la semilla de la duda sobre si tendría algún hueso incorporado en mi estructura netamente gelatinosa, donde solo en algunas regiones y gracias al ejercicio de la temporada, llegaba a tener un poco más duras ciertas partes.
Así andaba por la vida, feliz de ser la muestra viviente del boterismo, de ser el único ser sobre el que nadie andaba tras sus huesitos, hasta que esta mañana pasó lo inimaginable… ¡un hueso! ¿A mi edad? Pues sí, me vine a sentir una formación de calcio en mi interior y justo donde parecía más improbable: debajo de la caja toráxica o, para decirlo de otra manera, por primera vez en mi existencia pude palparme una costilla.
Sí, búrlense, sobre todos las mujeres que cuando apenas si perciben medio centímetro más de busto se vuelven locas y corren a comprar la anhelada prenda que marca el cambio de “niña a mujer”. Bueno, pues esta especie de mutación oseoculinaria va en un sentido desconcertantemente similar.
Digo, no es que esté perdiendo peso y me esté quedando en los huesos, no. De ser así, el drama sería mucho menor y hasta lógico, pero no, es solo que comer bien –o mejor dicho, dejar de comer mal- baja de talla y es ahí donde aparecen las huellas de viejas civilizaciones en terrenos donde antes solo veíamos frondosos bosques o dunas inmensas.
En fin, hoy me siento extraño porque confirmé que los siguientes huesos están incluidos en mi estructura. El cráneo no lo cuento, porque mi calvicie hace rato que me lo presentó, así que ese era más bien parte del área de gelatina bien cuajada. Empecemos por la Cresta Ilíaca… ¡qué tal! No sé qué tan grande sea, pero ya la sentí. Bienvenida al mundo.
La clavícula… ¡zaz! Las costillas, ¡oh!… y yo que pensé que todas esas cosas solo existían en los libros de anatomía que usaba para dormir en el bachillerato, digo, porque así como que buenas novelas, pues no, nunca lo fueron. Ahora resulta que no eran narrativa de ficción, sino una verdad absoluta que me viene a golpear décadas después en una mañana en la que yo solo quería un vaso con agua a las cinco de la mañana.