Posteado por: dondetinta | noviembre 25, 2015

La despedida


El portazo en la habitación no me dejó pensar con claridad. Aquella noche me lo había jugado el todo por el todo, robando lo que para muchos podría ser un beso apasionado, pero que en realidad había intentado ser tan solo un telegrama desesperado, una alerta en el teléfono celular entregando un corazón cocinado a fuego lento por dos décadas.

Quise salir corriendo tras ella para detenerla, para preguntarle algo, lo que fuera, sus razones, sus motivos para no querer suicidarse conmigo después de que prácticamente habíamos dejado pasar los años con una vida emocionalmente vegetal, sin otro fruto que las nueces de la soledad y las amargas uvas de la decepción.

En el balcón, esta vez más oscuro y solo que nunca, solo atiné a buscarla entre la gente que cruzaba la calle hacia la gran ciudad, esa que se veía tan imponente con sus luces de colores, pero a la vez tan ajena, tan vacía, tan carente de sentido. Sé que puede sonar fatalista o cursi si prefieren, pero eso es lo que se siente con el calor del caribe evaporando el aguardiente resguardado en la garganta, que funciona como un detonador del fuego que se agolpa en el pecho cuando el rechazo vuelve a desempacar en los rincones más vulnerables de tu cabeza.

La lluvia había comenzado a ahuyentar a todos aquellos que le temen a las reflexiones que acostumbran resbalar por el rostro para refugiarse justo al lado del corazón. Entonces la vi, estaba ahí abajo mirando hacia el balcón en busca de un motivo para quedarse a esperar por una explicación en vez de huir como tantas otras veces lo había hecho.

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Me descubrió observándola y entonces se despojó del saco, lo arrojó al piso y extendió los brazos como exigiendo una respuesta. Quizá no todo estaba perdido, tal vez la misma duda que había recorrido mi mente momentos antes, ahora la tenía con las piernas inmóviles esperando por la estocada final que le arrancara todas las esperanzas de volver a sentir o, por el contrario, arriesgarse a morir lentamente contando los suspiros que se escuchan cuando se besa de verdad.

Bajé sin darme cuenta que estaba descalzo, pero no me importó, ya le había desnudado mi alma y caminar descalzado por el cemento mojado no tendría mayor importancia. Si antes había tenido el valor de romper las costumbres establecidas en los últimos veinte años, ahora simplemente no sabía qué hacer, así que me volví simple: la tomé de la mano y comenzamos a caminar.

Me dejo ser y se dejó llevar por ese desconocido del que se había enamorado y del que no sabía ni su nombre, su dirección o sus costumbres. No tenía la más remota idea de cómo reía o lloraba, pero en cambio conocía cada uno de sus fracasos, cada tropiezo y marca en su mirada, sabía que además de su adicción al café, junto a él solo había estado la soledad de sus miradas con una extraña a quien conoció en un café de esos que abundan en la ciudad.

Por primera vez puedo decir que fuimos una pareja, oficialmente éramos una pareja de desconocidos caminando bajo la lluvia tratando de no correr y sin saber qué decir primero. Ahora no había botella de aguardiente ni música que ayudara a romper un poco con ese momento incómodo donde es vital la primera palabra, la primera idea. “Soy Ruy”, le dije con la resignación propia del apostador que intenta ganar la partida con un par de cuatros.

Al escuchar mi nombre se detuvo, cerro los ojos como tratando de entender lo que acababa de decir; sus párpados parecían alas de colibrí revoloteando sin desplazarse un milímetro. Entonces confirmé que no había perdido la sublime capacidad de echar a perder los momentos especiales, esos que uno imagina memorables, pero que se derrumban con la primera carcajada de esa persona a la que quisiste impresionar.

Lo había perdido todo: esperanza, dignidad, pudor y hasta la capacidad de asombro, así que lo de menos era escuchar las razones de su jocoso lapsus. ¿Sabes? – me dijo aún con semblante divertido- eres pésimo para acercarte a alguien. Primero te dejas ver, no hablas, no te presentas y te dedicas a escuchar sin preguntar nada. Luego dejas pasar los años para hacer un resumen de tu vida, pero no pides nada, no preguntas un carajo y al final, cuando una piensa que te presentarás, tienes el mal gusto de robarte un beso y no ir por todo lo demás.

Si la estupidez tuviera la capacidad de generar energía eléctrica, esa noche el sol habría vuelta a salir sobre la ciudad, porque yo no solo la irradiaba, sino que podía incrementarla y potenciarla a niveles extraordinarios, sin embargo ese se convirtió en el primero de muchos secretos que a partir de ese día comenzamos a compartir.

Antes de volver a caminar me tomó la mano con más fuerza y mencionó su nombre. Andrea, me llamo Andrea, y no sé qué hago caminando con alguien que se toma dos décadas para mencionar lo que pudo decir desde el primer instante. Sin embargo –me dijo en tono conciliador-, ese detalle me ha hecho pensar que vale la pena conocerte, porque más allá de la arrogancia del típico cazador, tu prudencia la haz disfrazado de sencillez, de paciencia, y creo que es algo digno de compartir, aunque sea por una sola noche.

Con Andrea, la llamo así porque ahora sé su nombre, jamás tuve ninguna presunción, mis planes con ella no fueron más allá de un día a la vez, de saber un detalle de su vida para después esperar el milagro de uno más. Así que en esa primera cita oficial no pregunté mucho y por eso hablamos del té de menta, los doblajes triples en las servilletas y del misterioso enigma que lleva a que las llamadas en los celulares se caigan en lo más interesante de una conversación.

En los días siguientes me enteraría de su matrimonio fallido, de su anhelo por corregir los errores del pasado, esos que la llevaron a soportar a un hombre espectacular ante los ojos de los demás, pero seco, áspero, duro, inseguro y, sobre todo, posesivo al momento de desnudar el alma para envolverlo entre sábanas impregnadas de lágrimas y placeres fingidos.

Por mi parte hablé de esa incapacidad para entenderme con mis ex esposas, todas las que terminaron por irse con alguien más divertido, que supiera bailar y hablar de las tendencias de la moda en cada temporada. ¿Y cómo rayos iba a saber de moda con dos pantalones de mezclilla y cinco camisas una más vieja que la otra? Bueno, ahora sé que esos detalles se pagan caro y que las pocas monedas que se ganan escribiendo novelas de amor no dan para tanto.

Andrea y yo nos besamos algunas ocasiones más, pero jamás hablamos del mañana. Nos dedicamos a sanar el pasado, reírnos del presente y pedir con miradas que al día siguiente ambos volviésemos a tener ganas de compartir una mesa, un café y las largas conversaciones con las que ya cumplimos otras dos décadas desde aquel beso robado con sabor a aguardiente y ablandado con la lluvia que echó por tierra todo temor de vulnerabilidad, porque entre nosotros lo único que quedó fue la seguridad de que si estamos juntos es solo por un segundo más y lo demás es un regalo que cuando desaparezca, sabremos que fue porque ambos partimos sin dejar ningún pendiente en la mirada.

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Posteado por: dondetinta | noviembre 18, 2015

La espera


Cuando la vi parada junto a la puerta de la habitación aquella noche, no pude evitar sumergirme en la espesura de los recuerdos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que nos conocimos? Quizá eran quince o veinte los años transcurridos desde aquella mañana en Honduras, cuando trataba de combatir los efectos del calor con un buen café.

¿Cómo te puedes imaginar que en un momento de pausa en tu vida, cuando estás sentado en un café del centro de la ciudad que nunca guarda silencio, de pronto aparecerá alguien que se meterá hasta lo más profundo de tu ser y ni siquiera te darás cuenta, porque estás concentrado en las ideas que se evaporan con el aroma del café servido en una simple taza de porcelana blanca?

Noté su presencia cuando ocupó una silla en la mesa frente a mi. Puede haber silbado o emitido cualquier otra señal de sorpresa, pues su belleza no era algo que pudiera pasar desapercibido; sin embargo debo ser honesto y admitir que solo me limité a soplarle a mi taza para que la densidad del vapor encubriera mi indiscreta mirada.

Espigada y demasiado alta para el común de las mujeres de la región, supongo que estaba acostumbrada al escrutinio varonil y por ello había desarrollado la envidiable cualidad de ignorar a todos quienes la seguíamos centímetro a centímetro, reconociendo el terreno e imaginando cualquier cantidad de escenas, algunas cursis, simples, pero otras cargadas con una fuerte dosis de detalles que no podrían compartirse en una reunión familiar.

Cada que recuerdo la escena me pregunto por qué no me acerqué a ella en ese momento. Habría sido tan fácil sentarme en su mesa, hacer un comentario estúpido buscando su sonrisa para luego preguntarle si podía invitarle algo, para que con desgano me respondiera con un forzado “gracias” y mandarme finalmente de regreso a mi silla con una patada bien colocada en el orgullo.

Eso nos habría ahorrado tantos detalles, tantas noches sin dormir y varias facturas telefónicas saturadas de sollozos, suspiros y deseos reprimidos viajando en ambas direcciones de manera casi permanente, porque aún con la tecnología alcanzando puntos sublimes, nadie ha logrado que no se caigan las putas llamadas por celular.

En fin, ese día no tuve la inteligencia de ser imbécil, de echarlo todo a perder en el juego de la presa y el cazador. Solo me dediqué a contemplarla tomando té mientras las tazas de café se acumulaban en mi cuenta. En ese momento no me di cuenta, pero ella también había estado observándome y es que una cara marcada por largas jornadas de insomnio no es fácil de disimular.

Total que el juego de miradas era tan neutral, tan carente de segundas intenciones, que se prolongó por horas, era como si hubiésemos establecido un código de conversación con la retina, dejando que el iris le pusiera el toque de emoción a cada idea emitida desde el alma. Ella no buscaba una cita, ni siquiera una compañía pasajera, de hecho no buscaba nada, estaba cansada de todo, de hablar, de escuchar, de intentar explicar lo que no tenía remedio. Yo… yo no sé de qué tenía ganas, estaba sumergido en la monotonía de ver pasar el tren de la vida sin animarme a subir.

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La escena del café se repitió algunas veces más con la misma dinámica, solo té, aroma a grano recién tostado y miradas, cientos de miradas que hablaban de dolor contenido, de hartazgo, de añoranza, de buscar algo como último refugio para descansar, pero con la resignación de no poder escapar a las decisiones del pasado.

Sin darme cuenta me volví adicto a sus silencios, a sus ausencias distorsionadas por el vapor de la menta atrapada en una taza. Cada día su semblante me contaba una nueva historia, me describía cómo se habían originado cada una de las cicatrices envueltas en una piel perfecta, esa piel a prueba de balas que no permite asomarse para ver la zona de desastre que existe debajo.

Un día tuve que salir de la ciudad con premura, tanta que no puede dejarle señal alguna de mi repentina necesidad de ausentarme. No pensé que ese otro accidente en mi vida me llevaría a otro nivel en esa estruendosa relación donde ninguna palabra había sido dicha, donde ni siquiera un roce de manos tenía alguna posibilidad real.

Tardé una semana en volver, aunque por dentro habría deseado jamás interrumpir esos encuentros visuales, esa necesidad de no tener que pensar las ideas, de dejarme llevar solo por lo que mis ojos quisieran revelarle sin tener que maquillar o justificar nada. Sin embargo lo peor que le puede pasar a uno es desear, porque es ahí donde se gesta la frustración, la soledad, las ganas de correr a abrazar a alguien y solo encontrar al viento como testigo de ese anhelo no resuelto.

Al tercer día de no saber de ella, de no poder mirarla, de no poder parpadearle mi cariño, la locura me llevó a preguntarle a la mujer que nos atendía, si no sabía algo de mi empedernida bebedora de té, ahora desaparecida. Al principio me observó como buscando entender mi pregunta, pero de pronto su cara se hinchó y esbozó una sonrisa de alivio. “Ah claro, es usted a quien le han dejado ese mensaje tan raro”, me dijo mientras buscaba algo en los bolsillos de su delantal.

¿Había tenido ella la misma necesidad de seguirme contando su vida en silencio? La mesera sacó una servilleta perfectamente doblada en tres partes y me la dio. Había un número telefónico y una instrucción precisa: no hables, solo marca. Era obvio que no quería escucharme, que solo necesitaba hablar, soltarse, liberarse de quién sabe cuántas cosas que cargaba por dentro sin que nadie se hubiera dado cuenta.

Apenas estuve solo en casa, tomé el teléfono con el deseo de saber de ella pero sin tener claro qué le diría. ¿Cómo podría hacerlo si me había pedido callar? ¿Cómo le haría saber que la necesitaba, que verla se había vuelto algo tan vital como beber agua, o café, o té, para que entendiera la dimensión de mi dependencia?

Respondió casi de inmediato y por primera vez pude escuchar su respiración. No dije nada, me limité a escuchar su silencio por varios minutos y después, cuando casi había logrado codificar sus respiraciones, por fin aparecieron las palabras en una estampida de presos que han sido liberados por un accidente que abrió las puertas de la prisión.

Había mil historias contenidas ahí, algunas alegres, otras definitivamente horrorosas, pero todas parecían un motivo, una explicación, a cada una de sus miradas, de sus reflexiones. No sé si puedo describir lo que fueron aquellas llamadas en las que nunca pude decir ni hola, pero las entiendo como esa sensación que tienes cuando lees un libro y después ves la película. Todo cuanto me decía a través de la bocina yo lo sabía, o al menos lo intuía, así que solo la dejaba ser hasta que me despedía con un “no olvides llamar mañana”.

Nunca más volvimos a vernos en el café, aunque creo que en más de una ocasión ella me buscó ahí, quería verme lo sé, en ella también nació esa necesidad de hurgar en mis ojos, de refugiarse en mi mirada como última opción de quien está condenado a no encontrar paz en ningún otro espacio que no fueran mis miradas.

Pasaron casi dos décadas en las que nuestros encuentros se limitaron a los monólogos telefónicos, esos donde también puede hablar, describir mis propias cadenas, hablar de las ampollas en mi corazón y de las heridas en mi alma, que de tantas, había olvidado cuáles fueron primero y cuáles después. Cuando era mi turno de hablar, simplemente dejaba que mis propios presos escaparan de la celda y corrieran fuera del campo de concentración en que se había convertido mi pecho.

A pesar de que llamaba a diario, jamás hablamos. Teníamos un código, quien suspirara primero era el que tenía más necesidad de verbalizar sus ideas y por tanto tomaba el control de la comunicación. Si era yo quien hablaba, me despedía con un “no olvides contestar mañana”, y acto seguido colgaba.

Lo que le conté es más de lo que jamás nadie sabrá de mi y quizá pase lo mismo con ella. No le dije que me fui del país, pero ella lo sabía, el identificador de llamadas me había puesto al descubierto, aunque la verdad mi ubicación geográfica nunca fue algo que me solicitara o que fuera necesario para mantener nuestra relación.

Anoche la llamé y sin respetar el código de los suspiros, se adelantó a decir, “así que volviste”. Guardé silencio por unos instantes y como si hubiera sido descubierto en mi propósito, solo le di el nombre del hotel y la habitación en la que me encontraba. No dije más, solo suspiré y a continuación corté la llamada. Un miedo me invadió por completo, ¿por qué la había citado? Eso nunca había pasado entre nosotros, ¿lo había echado a perder? Pronto lo averiguaría.

Esperando un milagro o al menos una señal, me acomodé en el balcón con las luces apagadas. Esta vez no preparé café, solo me hice acompañar por un aguardiente colombiano que un amigo me regaló para cuando necesitara que la lengua caminara sola, sin esperar por las mentiras de mi mente. No sé qué tan a menudo me miento a mi mismo, pero sin duda esta era la ocasión para sincerarme, para terminar con todas esas telarañas tejidas y mantenidas por años.

No fue necesario que llamara a la puerta, ella sabía que estaría abierto y que la silla a mi lado tenía marcada su descripción. Entró sin encender las luces y dejó que el reflejo de San Pedro Sula le indicara el camino. Al llegar junto a mi, no dijo nada, solo se sentó, se sirvió un trago de aguardiente y lo bebió sin miramientos. Me sirvió a mi en el mismo vaso y también devoré al monstruo de mil cabezas sin siquiera respirar.

Esta vez no nos miramos, nuestras manos rodeando el vaso lo dijeron todo, no se guardaron nada, en cada roce, en cada apretón, se dijo lo que hacía falta y se pactó lo que sabíamos que sería el adiós. De nueva cuenta calentó su garganta con aguardiente y me invitó a hacer lo mismo. Me paré frente a ella y aún en la oscuridad sé que podía ver mis ojos inyectándose de sangre por mi forma tan lenta de beber, como para que el alcohol quemará cualquier bicho raro anidado en mi cabeza.

Cuando terminé dejé el vaso en la mesa. Ella caminó, tomó su bolso y se viró como para compartir una última mirada, pero lo que encontró fue mi rostro. No intentó esquivarme y tampoco se movió cuando mis labios se posaron sobre los suyos como queriendo recuperar todo el aguardiente que faltaba en la botella.

No me guardé nada, en aquel beso le di todo, le hice una transferencia de todos mis sentimientos, emociones, anhelos y memorias contenidas desde el día que la conocí. Sé, porque lo vi en sus ojos, que una cicatriz más se había formado en su alma y aunque no logro comprender si fue por la certeza de algo que no sería, o por la decepción de la confianza arrojada por el balcón a una ciudad que se consume poco a poco por el olvido de la esperanza.

Y entonces, mientras ella se marchaba mirando sin decir nada, entendí todo perfectamente. Supe que era de esa clase de personas a las que el mundo no ha podido entender y por eso las trata como brutas, cuando en realidad se trataba de una mujer piadosa que a lo largo de su vida siempre había sido capaz de soportar los maltratos, las traiciones y las heridas, tal como acababa de hacerlo con mi beso robado, antes de permitirse así misma romperle el corazón a alguien más.

Posteado por: dondetinta | abril 15, 2014

Para estar de vuelta


tiempo-entre-manosHace tanto que me senté a esperar, que me olvidé del motivo y aquí sentado volteo hacia las vías abandonadas con la ilusión de que pase algo, de escuchar el crujir del acero o al menos un silbido distante, pero pasa el tiempo y nada pasa. Mis músculos están entumidos, mi mirada desenfocada y de tanto escribir lo mismo sobre tierra seca, me acostumbré a hacer las mismas letras vacías, sin sentido, sin vida. Hoy decidí estirar las piernas, intentar algo disitinto para provocar la circulación y ¿qué encontré? Un inmenso dolor causado por la sangre que vuelve a recorrer las arterias casi tapadas por los recuerdos, las culpas y quizá la nostalgia. Como una fotografía robada a Tarantino, me he movido un poco, tal vez apenas una pestaña, que si bien no es mucho, al menos alcanza para saber que las moscas están aquí por el amargo sudor acumulado en mi piel y no porque el proceso de putefracción hubiese comenzado.

Ya moví un párpado, ahora solo resta esperar a ver cuánto tarda en reaccionar el otro y sentir cómo la sangre comienza a recuperar su curso natural por un cuerpo entumido por el olvido, por una espera que perdió la batalla contra el reloj. ¡Lárguese de aquí! escuché por ahí sin saber de dónde provenía la voz. Ya me voy, digo entre dientes, como un susurro para mi mismo. Ya me voy para estar de vuelta, solo bríndenme un momento más… ya me voy para estar de vuelta.

Posteado por: dondetinta | mayo 21, 2011

El Tío José


Al tío José lo sepultamos ayer. Fue en el mismo lugar donde está mi abuela y toda la gente que forma parte de mi pasado, personajes que se fueron incluso antes de que yo naciera, pero que están ahí, reagrupándose en una especie de club en el más allá.

A pesar de que el invierno está marcado en el calendario, en el pueblo de mi familia siempre cae el sol como una espesa nata de calor que cubre todo y quema los árboles, los pastizales e incluso la tierra de este panteón en donde no hay fieles difuntos. De hecho la mayoría fueron infieles y el primero de ellos el tío José, guapo mozo de la revolución que dejó amores e hijos por cada rincón que pisaron sus pasos.

Desde niño todos decían que José era único, pero no por sus cualidades, sino por esas coincidencias que ocurren en la vida del campo. Fue el mayor de siete hijos y el único varón. Sus hermanas y él fueron hijos únicos por parte de padre, porque a todos ellos los mataron los soldados del ejército federal, pero José fue el único que no conoció al suyo.

Una noche la revolución llegó al pueblo, el intercambio de balas se prolongó hasta el amanecer y en medio de la trifulca, alguien entró a casa de los “papás viejos” y se robó a la abuela Mirta. Al día siguiente la buscaron por todas partes hasta que apareció cerca de las milpas, con la cara hinchada y el vestido ensangrentado. Meses después nació mi tío y le pusieron José porque fue el único nombre que se le ocurrió al párroco recién llegado de la ciudad y que todavía arrastraba la resaca de las fiestas patronales.

Fue un niño inquieto, pero muy querido por toda la familia, incluso por el padre de la abuela Mirta, que si bien no le volvió a hablar a su hija, sí volcó todo su amor en José, a quien sarcásticamente le decía “mijo, usted es el único y auténtico hijito de la chingada de este pueblo, no lo olvide nunca”.

Efectivamente, el tío José jamás lo olvidó y procuró dejar constancia de ello por toda la región, donde sus historias de amante insaciable y Don Juan incorregible, lo convirtieron en la leyenda de época, en el prototipo de hombre trabajador que se destrozó las manos en el campo, pero que mantuvo intactos sus enormes ojos color aceituna y la sonrisa de llave maestra, pues jamás encontró una alcoba que se le resistiera.

Al tío José lo sepultamos ayer, pero todavía me parece escuchar el andar de su caballo antes de pararse frente a la casa de la abuela Mirta para darle un beso a su madre y tomar mezcal. Todos los días cumplía con el mismo ritual cuando se dirigía a supervisar las diferentes siembras a las afueras del pueblo. No es que tuviera muchas tierras, sino que su eficacia como capataz lo llevó a ser el administrador favorito del pueblo.

Delgado, alto, de semblante amable, lo recuerdo siempre con una sonrisa y bailando esas antiguas danzas que nacen con los suaves golpeteos de los pies contra el piso, mientras brazos y hombros suben, bajan, hacen círculos, marcan el aire y le dan forma a la alegría del cuerpo, al calor de la sangre.
Sus pies cortados por la tierra, las piedras y las espinas de los magueyes, jamás sintieron la suavidad de un zapato. El tío José siempre usó las chancletas con correas de piel y suela de grueso caucho. Una vez cuando me descubrió mirándole con cierto asco sus maltratadas extremidades, se clavó con sus ojos en mí sin decir nada y después explotó en una carcajada que dejó al descubierto los únicos dos dientes que le quedaban en la encía superior.

“Mire mijo, ande, no les tenga miedo. Ahí como las ve todas jodidas, esas patas están muy fuertes todavía y le apuesto que soportan mucho más que las de cualquier mocoso de hoy en día, esos que se han olvidado de montar a caballo y que solo viajan en autobús”. Después siguió riendo, me cargó con sus macizos brazos, montamos en su caballo y por primera vez pude ver los pasos de la bestia, sentir los golpes de las herraduras sobre las piedras de la calle.
Anduvimos largo rato por un camino que se extendía hasta el pie de una colina. Ahí dimos media vuelta y señaló la enorme alfombra natural formada por girasoles. “Ahí se quedaron mis pies mijo. Estas patas de largas uñas se gastaron en cada surco de esas tierras. De ahí comieron su abuela, sus tías, su madre, sus primos y usted también. Ojalá usted algún día me pueda enseñar qué dejó en el camino para sostener a su gente”. Esa fue nuestra última conversación y así es como lo recuerdo. Después pasaron 20 años hasta que me llamaron para darle el último adiós.

Al tío José lo sepultamos ayer, a ese hombre de piel agrietada, de escasos pero largos y delgados cabellos blancos. Fue hasta entonces que entendí por qué realmente fue un hombre único, pues más allá de las bromas que le pudo haber hecho su abuelo, fue el único del pueblo al que todos respetaron por su trabajo.

También fue el único al que todos persiguieron en algún momento para lavar la honra de madres, tías, hermanas, hijas o esposas. Todos lo acusaron, pero jamás le pudieron comprobar nada, porque fue el único amante al que las mujeres cuidaron con su silencio y al que cobijaron con sus recuerdos el día de su funeral. Ese día todas lo acompañaron, por lo menos las que aún seguían con vida hasta ese entonces.

“El pueblo no volverá a ser el mismo”, dijo uno de los presentes en el cementerio. En principio creí que se trataba de una de esas frases cursis que se sueltan para confortar a los deudos, pero no, en el caso del tío José había algo más que le daba peso a esas palabras. Se trataba de una historia contada en dos partes, una de voz en voz entre la gente del lugar, que dibujaba el rostro de una persona sin compromisos oscuros y con el título de propiedad de todas sus cosas marcado en cada llaga de sus manos.

La otra era una historia batida por la tinta y el veneno de las voces que no sabían nada, que no lo conocieron y que construyeron un mito con relatos apócrifos. De quien hablaron en la televisión nadie sabía nada en el pueblo. ¿José un narcotraficante? La pregunta se regó de casa en casa, se impregnó en cada mazorca del valle, pero en ninguna parte encontró nido, porque esas “cosas del diablo” nunca llegaron al pueblo o por lo menos nadie las vio.

Ahora que solo hay restos de un cuerpo desgastado en una caja de aluminio oxidado, se libra un duelo entre las dos caras de mi tío. A una de ellas casi no la conozco, porque nunca lo vi trabajar. Solamente lo recuerdo al bajarse de su caballo para entrar en la casa de la abuela Mirta y detener el tiempo con su carcajada en respuesta a los reclamos de la anciana que jamás lo vio llegar a tiempo para la comida. “Madre, entiende que no es por tu comida, es mi trabajo. La tierra es una amante noble, pero celosa, y el mínimo descuido lo cobra caro. Si no es de trabajo, siempre voy a llegar tarde a todas partes, incluso a mi entierro, te lo prometo”, dijo antes de volver a carcajearse con los únicos dos dientes de la encía superior.

Al tío José lo sepultamos ayer y en efecto llegó tarde. Hacía por lo menos 30 años que había muerto la abuela Mirta, pero su hijo se encargó de cumplir esa promesa de no estar a tiempo en su última despedida del mundo y sus acompañantes.

Tres meses antes José desapareció. Aquel día solo encontraron su caballo trotando de regreso al pueblo con la montura reventada y el hocico herido por el freno tirado al máximo por alguien que no quiso parar, sino que fue arrancado de su silla. Sus amigos, los patrones y hasta la policía del pueblo lo buscaron por todas partes. Literalmente removieron todas las hectáreas que José sembró, pero nada, si la tierra se lo tragó, lo hizo de un solo bocado, porque no dejó rastro alguno.

Al día siguiente de su partida o desaparición, en el pueblo comenzaron a aparecer rostros extraños y mal encarados con espejuelos oscuros, todos con corte de pelo estilo militar. Nadie quería hablar con ellos y quienes cruzaban alguna palabra o mirada con los desconocidos, desaparecían sistemáticamente. De los jóvenes se entendía, porque a todos les ofrecían enormes cantidades de dinero para enrolarse en las filas de asesinos a sueldo en otras ciudades.
¿Le pasó lo mismo al tío José? Nadie lo cree, porque en sus buenos tiempos podría haber acabado con sus propias manos a dos o tres tipos, pero ahora, cuando estaba cerca de los 90 años, era una locura imaginarlo siquiera como miembro de un ejército de pastores.

Mientras el cruce de suposiciones se mantenía como el deporte favorito en la región, una mañana apareció el tío José. Estaba envuelto en una manta hecha con hilos de maguey y con las manos atadas a la espalda. Su cuerpo se encontraba empanizado con cal para evitar los malos olores. Cuando vi las imágenes sólo alcancé a reconocer su mechón de largos y delgados cabellos blancos.

Al tío José lo sepultamos ayer y aunque en las noticias dijeron que se trató de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, en el pueblo nadie lo creyó. Junto a él encontraron 200 cuerpos más, la mayoría de mujeres y niños, todos con el mismo tratamiento de brazos sujetados por la espalda y con evidentes huellas de tortura antes de recibir el tiro de gracia.

El luto se percibió por todo el valle, en cada puño de tierra que comenzó a florecer y, sobre todo, en el llanto de las ancianas que suelen pasar las tardes en la plaza de la iglesia, envueltas en sus rebozos y comentando cómo desde que mataron a José los girasoles no volvieron a tejer sus alfombras en los campos del pueblo.

Ahora solo hay sembradíos de amapolas que cuidan los extraños mal encarados, esos que ya no montan a caballo y que recorren en camionetas de vidrios polarizados las calles empedradas donde las carcajadas desaparecieron para siempre. Al tío José lo sepultamos ayer.
Iván Carrillo, Miami, 2011.

Posteado por: dondetinta | junio 20, 2010

A Carlos Monsiváis


Leer sobre la muerte de Carlos Monsiváis fue como enterarse de la desaparición del último unicornio en los relatos griegos o romanos. Al saber de su partida lo primero que se me ocurrió fue escribir, pero ¿qué se puede decir sobre quien lo ha escrito todo? ¿Qué se puede describir sobre quien retrató a toda una colonia, una ciudad, un pueblo?

Se necesita valor para redactar un párrafo, una línea, sobre este gran sabio que dominaba todo porque lo sabía todo, hasta lo que el resto de los mortales ni siquiera imaginábamos que podía existir. Él lo sabía y lo compartía, te lo contaba con la paciencia del abuelo que recuerda sus épocas de oro, pero con la puntualidad de un detective escribiendo el reporte de los acontecimientos del día.

Ya los grandes escritores, los filósofos y poetas escribirán de la obra de Monsi, como le llamaba la mayor parte del mundo, así que yo me limitaré a escribir en mi diario virtual lo que Monsiváis dejó en mi vida, porque vaya que me marcó con su ironía, con su humor, ese mismo con el que aún volteo al espejo luego de leerle y me digo, “qué grande es mi ignorancia”.

Creo que mi mayor deuda con Monsi es esa, a nadie como a él le debo la conciencia de cuán ignorante soy, de cuánto desconozco el idioma con el que presumo de hacerme entender. La primera vez que leí su columna Por Mi Madre Bohemios, pensé que estaba escrita en latin o alguna otra lengua romance, porque no entendí absolutamente nada.

Para masticar las letras de Monsi no se necesitaba saber leer, no, era obligatorio saber pensar y eso, mi querido Monsi, es lo que menos sabemos hacer los protagonistas de tus crónicas, de tus ensayos y de tus poemas.

Escucharte hablar era una delicia, porque desmenuzabas con tanta gracia la realidad, que era un verdadero privilegio degustar tus críticos platillos. Lo mismo hablabas de los grandes problemas nacionales, como de las triviales tragedias del amarillismo, como el caso de Gloria Trevi, su encarcelación y toda la vorágine de las televisoras por defenderla y atacarla.

Tú te declaraste su fan en una jugada maestra de quien sabe apreciar los fenómenos sociales. Tú que gustabas de la buena música y que constantemente te dejabas ver en los grandes y pequeños conciertos en la Ciudad de México, como aquella vez que llegaste al Teatro Metropólitan para compartir la música de Café Tacuba.

Ahí estabas, el maestro en medio del clamor juvenil. El escritor que podía reunirse por la tarde con las grandes mentes del país, por la noche estaba junto al puesto callejero de tacos y niños jugando a adolescentes, todos idolatrándote y tú interactuando con los mismos códigos de la nueva generación.

¿Cómo olvidar cuando tomabas el teléfono para responder preguntas de quienes seguramente ni recordabas y te disculpabas por no poder extenderte en tus respuestas, cuando en realidad dabas verdaderas cátedras de periodismo, de investigador, de cronista, filósofo, escritor, poeta, ensayista y, lo más importante, conversador?

Duele ya no tener la oportunidad de caminar por la Ciudad de México con la posibilidad de encontrarte en una manifestación, en la presentación de un libro, en una exposición o en la lucha libre. Duele que tu genialidad no nos vaya retratar los días que están por venir, porque el presente y el pasado, tú nos lo seguirás enseñando eternamente.

Hoy vuelvo a leerte, me vuelvo a sumergir en las explicaciones de La R y vuelvo a mirar al espejo y vuelvo a repetir la tragedia de mi existir… ¡Qué ignorante soy Monsi!

Gracias a ti puedo presumir que en esta vida, que intento no sea inútil, la única certeza es mi enorme ignorancia, esa que aumenta cada vez que te leo. Menos mal que de ti hay más libros que años en mi futuro. Gracias maestro, hasta siempre Monsi.

Posteado por: dondetinta | junio 17, 2010

La Dolce Tinta


El dicho asegura que rectificar es de sabios. Obviamente estoy muy lejos de ser sabio, pero reconozco que es momento de darle un giro al nombre de este espacio, de rebautizarlo para aterrizarlo en lo que realmente contiene.

El otrora Don de Tinta reflejaba un sueño, una ilusión, una aspiración a ejercer un oficio de escritor, ese que es tan fácil de practicar pero tan complicado de desarrollar como se debe, con la puntualidad, profundidad y delicia que la gente, que los seguidores de las letras, se merecen.

El cambio de nombre no obedece a la claudicación de ese sueño, no, no se confundan, ese me acompañará siempre aunque nunca lo alcance. La modificación es simplemente para hacerlo más íntimo, para marcar un momento clave en la existencia de quien lo escribe.

A partir de este 17 de junio del 2010, El Don de Tinta se jubila y da paso a La Dolce Tinta. ¿Por qué ese nombre? Muy simple. Siempre he creído que por mis venas corre tinta, esa con la que usualmente trato de transmitir mis ideas, mis emociones e incluso mis temores. Gracias a esa tinta, que desde hace 14 años cumplidos justamente en el mes de junio, es que hay pan en mi mesa y que mis hijos tienen qué vestir.

Si la tinta es de buena o mala calidad, ese ya es otro asunto. Lo importante es que me debo a ella y mis mayores satisfacciones profesionales han venido justamente de lo que fluye de una pluma, de una impresora o de un ordenador en el espacio virtual.

Ese líquido que le da forma a las letras y que las acomoda para poder compartir anhelos, recuerdos y detalles del día a día, se mezcla desde hace una década con altos niveles de azúcar en los mismos conductos por donde fluye lo que me hace respirar y me brinda alimento, no solo para las entrañas, sino también para el espíritu, ese mismo que el día de hoy guarda momentos de luto por un páncreas declarado oficialmente muerto.

Es por esa razón que ahora las anécdotas, las opiniones, las frustraciones e incluso los momentos de humor, llevarán en su ADN alfabético una carga de azúcar que lo diferenciará del resto de las páginas que haya plasmado. A partir de hoy será como una huella indeleble que quedará impresa en las páginas de este espacio donde no sé si encontrarán cosas útiles para la vida, pero al menos sí un pretexto para reír, para cuestionar y en una de esas, hasta para reflexionar.

Para no empalagar más con las explicaciones, demos paso a la reinauguración de este espacio. Larga vida a La Dolce Tinta y un agradecimiento eterno al Don, que si bien no se me da como yo quisiera, tampoco me abandona. Salud.

Posteado por: dondetinta | junio 3, 2010

Dejé de ser yo


Hoy me levanté en una onda medio rara, de esas que son tan extrañas que uno mismo se pregunta sino no se habrá metido algún sicotrópico mientras dormía, porque la sensación de haber mutado mientras la luna llena brincaba de lado a lado de mi habitación es intensa e inquietante, por decir lo menos.

Mientras escribo esto, me parece justo hacerle un homenaje a La Unión, así que de fondo va Lobo Hombre en París. Prosigo. Esta posible transformación es todavía poco visible, pero definitivamente está ahí, se puede palpar y ante eso no hay droga a la cual culpar, es decir, este rollo kafkiano llegó para quedarse.

A lo largo de 36 años de vida siempre me he sentido una especie de hombre de malvavisco, cuya consistencia más bien cremosa dejaba la semilla de la duda sobre si tendría algún hueso incorporado en mi estructura netamente gelatinosa, donde solo en algunas regiones y gracias al ejercicio de la temporada, llegaba a tener un poco más duras ciertas partes.

Así andaba por la vida, feliz de ser la muestra viviente del boterismo, de ser el único ser sobre el que nadie andaba tras sus huesitos, hasta que esta mañana pasó lo inimaginable… ¡un hueso! ¿A mi edad? Pues sí, me vine a sentir una formación de calcio en mi interior y justo donde parecía más improbable: debajo de la caja toráxica o, para decirlo de otra manera, por primera vez en mi existencia pude palparme una costilla.

Sí, búrlense, sobre todos las mujeres que cuando apenas si perciben medio centímetro más de busto se vuelven locas y corren a comprar la anhelada prenda que marca el cambio de “niña a mujer”. Bueno, pues esta especie de mutación oseoculinaria va en un sentido desconcertantemente similar.

Digo, no es que esté perdiendo peso y me esté quedando en los huesos, no. De ser así, el drama sería mucho menor y hasta lógico, pero no, es solo que comer bien –o mejor dicho, dejar de comer mal- baja de talla y es ahí donde aparecen las huellas de viejas civilizaciones en terrenos donde antes solo veíamos frondosos bosques o dunas inmensas.

En fin, hoy me siento extraño porque confirmé que los siguientes huesos están incluidos en mi estructura. El cráneo no lo cuento, porque mi calvicie hace rato que me lo presentó, así que ese era más bien parte del área de gelatina bien cuajada. Empecemos por la Cresta Ilíaca… ¡qué tal! No sé qué tan grande sea, pero ya la sentí. Bienvenida al mundo.

La clavícula… ¡zaz! Las costillas, ¡oh!… y yo que pensé que todas esas cosas solo existían en los libros de anatomía que usaba para dormir en el bachillerato, digo, porque así como que buenas novelas, pues no, nunca lo fueron. Ahora resulta que no eran narrativa de ficción, sino una verdad absoluta que me viene a golpear décadas después en una mañana en la que yo solo quería un vaso con agua a las cinco de la mañana.

Posteado por: dondetinta | junio 2, 2010

Con sabor a Colombia


Para todos aquellos amigos mexicanos quienes creen que al vivir en Miami estoy rodeado de cubanos, les informo que no es así, que son los colombianos y principalmente las colombianas (lo siento chicos, ellas son mayoría en mi vida), quienes me abrazan y hasta por momentos me estrangulan.

Por esta razón se entenderá que desde el pasado 30 de mayo esté concentrado en el proceso electoral de Colombia, que me deje seducir por las tremendas similitudes entre esa nación y el suelo que me vio nacer, que me sorprenda aún más lo polarizado que está el ambiente entre las dos fuerzas que pasaron a segunda vuelta, pues en eso también hay un paralelismo con lo que nos ha pasado en México en procesos electorales recientes.

Para quienes no están muy enterados del tema, la cosa es más o menos así. Hay dos candidatos que destacan entre los 9 que se presentaron a las elecciones presidenciales. Uno es Juan Manuel Santos, quien emanó del gobierno del actual presidente Álvaro Uribe. Santos representa la continuidad, la mano dura contra la guerrilla que tanto ha lastimado al país, con la única salvedad de que muchos ciudadanos no están de acuerdo con los métodos a veces corruptos, a veces hostiles, poco honestos y demás, para lograr el objetivo.

Por el otro lado está Antanas Mockus, ex alcalde de Bogotá, quien para no tirarme todo el rollo de su hoja curricular, diré que es una eminencia académica. Este ratón de biblioteca con honestidad a toda prueba, representa un cambio basado en el reforzamiento del civismo, de la cultura, de la educación y de todos los valores a los que una sociedad justa y equilibrada puede aspirar.

Yo como extranjero, no podía ponerme a opinar así a mis anchas (y vaya que de anchas me las sé y mucho) como acostumbro, así que acudí a mis amigos colombianos para que me explicaran un poco la película.

El primero fue el buen Álvaro, no Uribe, sino el “Pibe” Valderrama, quien palabras más, palabras menos, me dijo lo siguiente: “Colombia es un país tan cabrón o más que México… y lo que pasa es que la gente le da miedo que Mockus, que es un tipo súper interesante y decente, no tenga el temperamento para manejar la complejidad del país que tenemos y por eso salió a asegurarse con Santos. Por otro lado, los que quieren el cambio, en su mayoría jóvenes universitarios, se contradicen, porque quieren que las cosas cambien, pero no votan… así pos ni modos, ¿no?”.

En esa misma perspectiva de jóvenes inquietos pero poco participativos está la caleña Lentige, alias Maribel, que en una de sus redes sociales planteó algo como “Están pintados los estudiantes creyendo que pueden cambiar al mundo con ideales y Mockus aprovechándose de eso”. Yo le tiré un par de comentarios como para abrir el debate, pero hay algo con lo que cualquier argumento pierde validez ante los ojos de esta mujer: su familia ha sido víctima de la violencia radical en Colombia, así que muy poco queda ahí por discutir. Yo la entiendo.

Total que luego, leyendo los espacios y twitts de mi buen colega colombiano, el médico y escritor Samuel Arias, me encontré con un par de comentarios que me hicieron reír, pues están llenos de una simplicidad tan contundente, que cualquier idiota, hasta yo, podría comprender y tener un panorama más general de lo que pasa en la tierra de García Márquez, de Shakira o Miguel Calero.

“El problema de candidaturas como las de Carlos Gaviria y Antanas Mockus, es que al colombiano promedio le parecen ‘demasiado inteligentes’”. Y que me quedo callado.

La otra viene por el lado del maestro Jaime Abello, el mandamás de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside un tal Gabo. Punzocortante como puñal de barrio, pero fino como bisturí de cirujano plástico (de esos que casi no hay en Colombia), Abello le propone a la campaña de Mockus plantear el dilema de “legalidad democrática vs impunidad tolerada”. Como dijeran en mi país “a pa’ preguntita maestro”.

Yo no sé que vayan a elegir mis amigos, queridos todos, en la segunda vuelta, pero si yo fuera colombiano (y si lo fuera claro que hubiese elegido nacer en Cartagena), haría lo mismo que el autor de “Viagra, Chats y otras pendejadas del siglo XXI”, Daniel Samper, quien en su twitter escribió “Digan lo que quieran. En todo caso me parece más digno perder con Mockus que ganar con Santos”.

Desde mi lado taquero y 100% tequilero, lo único que les puedo decir es que tienen bastante nivel, que no lo malbaraten con descalificaciones baratas, y que voten, que dejen en claro cuál es su forma de pensar. No cometan el error que muchos mexicanos tuvimos al tomar las elecciones como un ejercicio de hipódromo en donde la mayoría se fue por el candidato que creyó que ganaría y no porque necesariamente fuera la mejor opción. Suerte.

Posteado por: dondetinta | mayo 29, 2010

La maldición irlandesa


Es increíble cómo las cosas menos importantes de la vida nos pueden impactar tanto en nuestro comportamiento cotidiano. Hoy estoy a medio metro de la depresión y todo por culpa de la música. Bueno no, creo que exagero, no es la música, sino la banda que la interpreta. Se trata de los irlandeses de U2 y su reciente cancelación de sus fechas por Estados Unidos.

A Bono y compañía los he visto en vivo al menos seis ocasiones y resulta ridículo que por perdérmelos una vez más, me sienta frustrado. Sin embargo en ese mismo punto está el por qué de mi desconsuelo. Esta banda es de las que no te cansas de ver y de escuchar, de compartir esa virtual atmósfera que se transpira y respira en cada concierto.

La primera vez que los percibí en vivo fue a finales de 1992 cuando presentaron 4 conciertos en la Ciudad de México con el Zoo TV Tour. Ahora podría jurar que ahí se gestó la maldición que ahora me tiene en franca descomposición emocional. En ese entonces no solo no compré los boletos, sino que encima me pagaron y tuve la suerte de ver el concierto sobre el escenario. ¿Afortunado? En ese momento claro que sí, pero desde entonces cada vez los diviso desde más lejos.

En 1997 volví a repetir la experiencia de sentirlos, porque a esta banda no se le escucha ni se le mira, sino que se les percibe, es una especie de ritual fraterno que se da desde la primera vez y que no se supera jamás. Sí, soy un adicto y qué.

Dos conciertos en ese año de furor por el Pop Mart, dos noches sin comprar boletos y dos artículos en un diario nacional. Esta vez estuve, en el punto más cercano, a 40 metros del escenario, pero igual fue perfecto para admirar la propuesta visual de la banda que está a punto de jactarse de haber tocado a todo volumen en cinco décadas diferentes con tan solo 33 años de historia.

Ahora en 2010 tenía la oportunidad de verlos de nuevo, de comparar cuánto habríamos cambiado a 19 años de distancia de nuestro primer encuentro (y que obviamente solo recuerdo yo). Por primera vez en dos décadas compraría un boleto para que se dejaran sentir y también por primera vez los compré con 8 meses de anticipación y ese fue mi error.

Si la magia siempre había fluido de manera gratuita, ¿por qué vulgarizarla con el sucio dinero? Hay un Dios que todo lo ve y a mi me castigó por soberbio, me mandó a la fila del 2011. ¿Cómo saber que Bono no sufrirá una crisis severa y no volverá a pisar un escenario? Peor aún, ¿cómo saber que no me voy a indigestar con las botanas cuando México juegue como nunca en el Mundial de Sudáfrica (y no voy a complementar la frase en espera de que la historia sea diferente)?

El mundo es cruel no cabe duda y por eso mismo no voy a cargar con la culpa yo solo. Es más, me voy a lavar las manos y señalaré, cual vil Judas, a mi buen amigo Joaquín. Este tipo es un enfermo del fútbol, tanto, que se largará a Sudáfrica a seguir todas las incidencias panboleras.

Hace meses, cuando le pregunté si iría al concierto de U2 me dijo, con un dolor que ahora sospecho fingido, que no estaría en la ciudad para la presentación, que se la perdería. Por su puesto que ahora no le creo, él sabía lo que pasaría y por eso planeó sin remordimientos su partida al llamado continente negro.

Es su culpa y de nadie más, seguramente escuchó alguna conversación privada entre Bono y Macphisto, en la que acordaron tomarse el 2010 como sabático a costa de todos los pelotudos (para no perder la fiebre futbolera) que compramos miles de entradas.

De puro coraje hoy me voy a recorrer la historia de U2 desde Boy (1980) hasta No line on the horizon (2009). Seré como la novia despechada que no quiere volver a saber del tipo, pero se tira en su cama a leer las cartas de amor para drenar su despecho… please, no me llamen, que como dijeran Los Angeles Negros, “Déjenme si estoy llorando”.

1992, primer concierto en México con la gira Zoo TV. No me veo, pero estoy detrás de la pantalla izquierda.

1997, primera de dos presentaciones en el Foro Sol con el Pop Mart. No me veo, pero estoy entre las filas 25 y 30 (ahí por donde entra la banda).

2010, Gira 360 en Estados Unidos. No me veo porque no hay video… de hecho no hay gira.

Posteado por: dondetinta | mayo 16, 2010

El secuestro del alma


Aún recuerdo cuando en 1997 fue detenido en México uno de los secuestradores que mayor conmoción había causado hasta ese entonces. Su nombre Daniel Arizmendi, de fama mundial por su apodo de “El Mochaorejas”, pues justamente empleaba ese método como herramienta de presión para que los familiares de los plagiados pagaran los millonarios rescates.

En aquel entonces estábamos muy lejos de imaginar que el secuestro se convertiría, por llamarlo de alguna manera, en el deporte nacional por excelencia. No es burla ni ironía, sino una realidad bastante cruda que ha derivado en perversiones tan extremas, que hemos llegado al punto donde las discusiones giran en torno a si alguien merece ser secuestrado y si una vez en cautiverio merece morir.

El político Diego Fernández de Cevallos fue secuestrado la noche del viernes. Las autoridades policiacas y militares de todos los niveles, que por cierto dicen que van ganando la lucha contra la delincuencia organizada, hacen “brainstorming” para comenzar la búsqueda de un personaje que, a los ojos de la gente más golpeada por las crisis económicas, políticas y de seguridad, ha sido un traidor absoluto.

La imagen del “Jefe Diego” está ligada al fraude electoral. Cabe recordar la elección de Carlos Salinas de Gortari en 1988, cuando misteriosamente el sistema de cómputo se cayó cuando el candidato opositor iba a la cabeza, y una vez que se reactivó, por arte de magia Salinas estaba en la punta que jamás perdió. Cuando la presión para hacer el recuento de votos uno por uno estaba por reventar, Fernández de Cevallos fue parte fundamental del grupo que impulsó la quema de boletas para evitar “mayor daño al país”.

Si seguimos con el perfil, Don Diego ha sido también representante legal de los hospitales donde los mayores narcotraficantes de la historia se han sometido a cirugías estéticas e incluso de las funerarias donde fue velado Amado Carrillo, mejor conocido como “El Señor de los Cielos”.

Ha defendido a traficantes y representado a personajes que luego fueron ubicados como prestanombres dedicados al lavado de dinero proveniente de la venta de drogas en Estados Unidos. También fue el abanderado de las llamadas concertasesiones, que no son otra cosa que negociaciones “en lo oscurito” entre los gobiernos priistas y el PAN, partido al que pertenece y que fue oposición por más de 70 años, hasta que en el 2000 ganó las elecciones, en gran medida gracias a esas “concertasesiones”.

A grandes rasgos ese es el hombre que tiene estresadas a todas las fuerzas de seguridad mexicanas y que logró evidenciar una vez más lo polarizada que está la sociedad del país. A través de las redes sociales hay comentarios como “el que obra mal, así termina”, “ya era hora de que le tocara a uno de ellos”, “por fin se hizo justicia”, “yo no se lo deseo a nadie, pero este señor se lo merecía”, y cosas por ese tenor donde lo más evidente es que en México, un país lleno de contrastes y tragedias, no solo se tienen secuestradas a cientos de personas, sino que el espíritu de 120 millones de individuos está también en cautiverio.

Perdimos, no sé si de manera lógica o natural, el poder de admirarnos, de dolernos con la barbarie y hoy nos hemos vuelto un tanto expertos en determinar quién tenía merecido ser secuestrado, quién puede acceder al milagro de volver a nacer luego del plagio y quiénes no pueden regresar de esos episodios.

Escucho los motivos de quienes dicen que Diego se merece eso y mucho más. Sus argumentos son fuertes y válidos. Quienes se preocupan y lamentan por su desaparición también tienen fundamentos sólidos. El problema es que esos dos polos opuestos de la realidad mexicana ya no les importa encontrar un punto medio, sino jugar al emperador romano que con el pulgar determina la vida o la muerte en este gran coliseo en que se ha convertido la tierra de los ancestrales sacrificios humanos.

En 1994, cuando Diego Fernández era candidato a la presidencia de México, visitó la facultad en la que yo estudiaba para un debate sobre su plataforma política con nosotros “la esperanza de México”. El señor me sorprendió porque demostró ser un orador de primera, capaz de convencer con la palabra a cualquiera. Aún recuerdo el olor de su puro, su mirada escrutiñadora mientras escuchaba preguntas y su sonrisa para absorber los crudos cuestionamientos de los compañeros de izquierda.

Hoy, a 16 años de distancia de aquel episodio, Diego me vuelve a sorprender, no porque haya sido secuestrado, pues eso en México ahora es una actividad tan cotidiana como ir al cine, pasear por el parque los domingos o comer tacos a cualquier hora del día. Hoy el “Jefe” me sorprende por las reacciones del coliseo que él mismo se encargó de levantar.

Hasta ahora pocos se preocupan por su bienestar y la gran mayoría, encabezados por los medios, corren las apuestas para determinar si va a regresar con vida o, los más extremistas, saber si fue asesinado el mismo viernes, el sábado o el domingo, una vez que el presidente Calderón estaba ya de gira por Europa.

¿En qué momento nos secuestraron el espíritu y no nos dimos cuenta? No lo sé, pero hay que averiguar si lo podemos rescatar, porque si ya nos asesinaron la esperanza, entonces el baño de sangre sí está por comenzar… ocupemos nuestras localidades en este gran circo que Diego nos edificó.

Aquí un par de canciones que se escuchaban en aquella facultad de periodismo en los noventa (ya sonaban desde antes y sé que aún hoy lo siguen haciendo a todo volumen).

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